Opinión | A la intemperie
Lo de Lambán
Donde se habla de las dos orillas del socialismo…

Javier Lambán.
Dionisio Ridruejo era valiente. Y sarmentoso. Por dentro y por fuera. Y numantino. Lo de numantino era de prever siendo como era soriano. Antes la gente tenía algo de la tierra en que nacía. Ahora casi que no. O menos…
Cito a Ridruejo porque refiriéndose a Eugenio Montes decía del escritor gallego que era «indulgente consigo mismo y con los demás». Un artefacto lingüístico de varios usos. Una afirmación que admite interpretaciones contrarias. O se me antoja. En todo caso hay que ser valiente para hablar así de un buen amigo aún vivo cuando Ridruejo lo publicó.
La cita me ha venido a la cabeza cuando he tenido noticia de lo de Lambán, del homenaje que le han tributado en el Senado. Calculo que el tal Lambán debió ser un buen tipo cuando sus amigos -casi todos en la última vuelta del camino que diría Pío Baroja- le dedican tan bonito homenaje. Eso o es que aprovechan para señalar a quien se lo niega. O ambas dos. Es evidente que entre sus correligionarios hay quien se tapa, quien no ha querido salir en la foto. Un tajo profundo separa a los socialistas en dos orillas. Dos orillas que vienen a coincidir con su cercanía al poder. En general los que siguen en el poder, los más jóvenes, desprecian a Lambán. No acudir a ese acto es, a las claras, despreciar a Lambán. Ni siquiera un ministro. Ni siquiera un paripé. Quizá por no escuchar a Felipe González. A los de la otra orilla, los que tuvieron el poder y ya solo tienen años… y minutos para la libertad de cargar la suerte a su albedrío. En política -más por necesidad que por convicción- predominan los galeotes; siempre encadenados al remo, siempre respirando de prestado. Eso, que ha pasado siempre, en mayor o menor medida, ahora alcanza extremos delirantes. Que sean los veteranos, los que ya solo dependen de su pensión y de su conciencia, los que tengan que plancharle la muleta al toro retrata lo que está pasando. Les retrata a ellos y, como en los espejos del callejón del gato, retrata a los que tragan. A los que chapotean en la charca de la inmoralidad. A los que, a lo sumo, dimiten cinco días. A los indulgentes consigo mismos. Y lo que es peor, a los amparadores de sí mismos.
Es evidente que entre sus correligionarios hay quien se tapa, quien no ha querido salir en la foto. Un tajo profundo separa a los socialistas en dos orillas. Dos orillas que vienen a coincidir con su cercanía al poder
Yo, que tiendo a ser indulgente conmigo mismo, me arrepiento de no ser indulgente con los demás. De no atender al porqué de cuanto ocurre. Cada cual tiene sus circunstancias, sus entendederas… y hasta su propia catadura. No niego las circunstancias, pero tampoco la catadura. Ser indulgente nace de comprender las razones, pero entre la indulgencia y el indulto es larga la distancia. Creo que en la frase de Ridruejo hay, sobreentendido, algo de eso. Ridruejo renunció a las prebendas del poder, se indultó a sí mismo, sí, pero no se dio amparo. Se pasó al socialismo con todo. Sin red. Para eso, en sus circunstancias, había que tener valor. Hoy los socialistas están en manos de un arribista de la peor calaña. Un cínico culpable. Culpable, entre otras cosas, de dar mal ejemplo. Una mancha de aceite que todo lo ensucia. El hecho de que en Extremadura sea su candidato quien ya está sentado en el banquillo pone de manifiesto la degradación moral que se respira en esta orilla del socialismo. Hacerse una foto con Gallardo y negársela a Lambán es proclamar cuán siniestro es su programa de gobierno. Doblemente siniestro. Doblemente cobarde. Descanse en paz Javier Lambán.
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