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Opinión | Con permiso de mi padre

Los 90 segundos de la infamia

Hemos dejado que unas minorías interesadas únicamente en ‘qué hay de lo mío’ condicionen la vida de todos, imponiendo ocurrencias dañinas

Congreso.

Congreso. / EL PERIÓDICO

Desde bien chiquitilla me han interesado la Historia y la política. Evidentemente, entonces no sabía hasta qué punto determina nuestras vidas lo que hace la clase política, incluso cuando creemos que somos libres y que podemos vivir de espaldas a ella.

Recuerdo haber visto debates en la tele, aquella maravilla de La Clave, con un montón de señores —casi todos fumando como carreteros— exponiendo sus opiniones sobre una España que intentaba aprender a ser democrática. Recuerdo los informativos y las tertulias en la radio de casa de mis abuelos, compañía desde primera hora de la mañana, marcando el compás del día y del país. Y tengo presente la impresión que me provocaba el Congreso de los Diputados, que yo concebía como el lugar donde residía todo lo importante y decisivo, el altar laico de la soberanía popular (Wikipedia dixit).

Personajes en el hemiciclo

Por eso hoy me estomaga hasta la náusea ver a determinados personajes sentados en el hemiciclo. Dirán ustedes que eso es también parte de la democracia: que todos puedan estar representados, incluso los que desprecian y atacan cada día las instituciones que les pagan el sueldo. Pero, por conveniencia de unos y de otros, hemos dejado que unas minorías interesadas únicamente en ‘qué hay de lo mío’ condicionen la vida de todos, imponiendo ocurrencias dañinas que nunca votó la mayoría. Y hemos normalizado que quienes antaño imponían su relato a fuego y sangre de nuca se sienten —sin arrepentimiento ni pudor, sonrientes y orgullosos, seguros de su impunidad— en el lugar que debería proteger a todos los españoles, convertidos en socios necesarios de un Gobierno dispuesto a aliarse con cualquiera a cambio de diez minutos más en La Moncloa.

Por eso me avergüenzan los debates actuales en el Congreso. Por las formas y por el fondo. Me duele que la palabra, que fue herramienta de concordia en los años difíciles de la Transición, se haya degradado hasta convertirse en simple munición de trincheras. Y me indigna que hayamos banalizado el insulto, la bajeza, la ordinariez, como si el espectáculo valiera más que la decencia, mientras fuera del Palacio las listas de espera, la carestía de la vida y la precariedad siguen sin debate real.

Aplauso cerrando filas

Y me avergüenzan aquellos 90 segundos de aplauso cerrando filas en torno a un personaje que hoy encarna, nos guste o no, la peor cara de la política: la de las comisiones, los intermediarios, las mordidas, las prostitutas, las mascarillas defectuosas en plena pandemia y las amistades peligrosas elevadas a categoría de gestión pública. Ábalos, puesto en pie, con los ojos casi vidriosos de emoción, recibiendo el apoyo entusiasta de toda la bancada socialista, que en parte conocía y avalaba al personaje, mientras el hemiciclo se convertía en un gallinero a gritos de ‘dimisión’. Aquellos aplausos no fueron un mero exceso de partido: fueron la fotografía moral de un tiempo en el que la fidelidad al jefe y al relato pesan más que la lealtad al ciudadano

Hoy, cuando el ‘caso Koldo’ (¿caso PSOE?) ha puesto negro sobre blanco una trama de mordidas en contratos de mascarillas vinculada al entorno del exministro, aquella ovación resuena como prueba anticipada de cargo, como un vídeo que la hemeroteca reproduce una y otra vez para recordarnos que no fue ignorancia, sino elección. Noventa segundos de infamia que no se arreglan con comunicados indignados ni con cambios de escaño, ni con decir que esos señores no tienen nada que ver con el partido. Porque lo que estaba en juego no era solo el prestigio de un político, sino la dignidad de una institución que, a fuerza de venderse barata, corre el riesgo de que un día dejemos de creer en ella del todo. Y lo que nos queda por ver…

Mercedes Barona es periodista

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