Opinión | Jueves Sociales
Los domingos
La película de Ruiz de Azúa es una carga de profundidad que se va activando lentamente, un peso en el estómago que no se acaba de digerir

Ruiz de Azúa recibe la concha de oro / 85
Llego tarde casi siempre a los estrenos de cine, de música, de cualquier cosa que no sea literatura, y esta porque no necesita otro desplazamiento que el de ir a la librería o el gesto de abrir el paquete que llega a tu casa solo si el libro cabe en el buzón. Por eso suelo ver las películas después de recibir toneladas de información sobre ellas, para bien o para mal, y eso lastra cualquier inocencia. Aun así, hay que acercarse con la curiosidad intacta y acudir a la ceremonia del cine como si no se supiera nada, porque a veces, pocas, sucede el milagro, como este domingo, en el que valga la redundancia, pude ver en una sala casi vacía Los domingos, la maravillosa película de Ruiz de Azúa. No hubiese podido verla en casa con la misma tranquilidad, con esa sensación casi perdida de entrar en un túnel del tiempo y disfrutar sin distracciones varias en esta época extraña en que andamos huérfanos de concentración. No es una historia fácil. Tampoco de usar y tirar, un producto creado por la industria para distraernos una tarde y luego caer en el olvido. Es una carga de profundidad que se va activando lentamente, un peso en el estómago que no se acaba de digerir. Esa es la narrativa que me interesa, la que pica, escuece, duele, la que te hace sentarte un momento delante del espejo (no hay espejos para la protagonista en el convento) y pararte a pensar en qué tipo de mundo estamos creando para nuestros jóvenes sobreexpuestos y ahítos de comunicación, pero más solos que nunca. Ainara, la protagonista, ha crecido sin madre, con un padre egoísta, al que solo preocupa el dinero.
A diario contemplo las caras perplejas de quienes son ya nuestro futuro. La soledad de Ainara es ficción, aunque duela y escueza toda la noche, al salir del cine. La otra, la que vemos o leemos, es la realidad. Y se nos presenta desnuda, sin títulos de crédito, ni luz que ilumine el final para que nos levantemos de los asientos y nos vayamos tranquilos
La adolescente arrastra una herida que no se cierra, y se siente a salvo del mundo entre las monjas o hablando con un sacerdote joven, que barre para su casa, ante la ausencia de referentes de Ainara. Ella se debate entre la decisión de alejarse del ruido o seguir la natural tendencia de su edad. La directora nos cuenta el proceso con momentos sangrantes, conmovedores o incluso tiernos, como la escena en que las monjas sudamericanas comparan a dios con un marido cualquiera o se ríen cuando Ainara les pregunta a ellas, que vienen de la escasez absoluta, cómo se vive en la escasez del convento. Más que del nacimiento de una vocación religiosa, de la verdad o falsedad de esta o de la manipulación de la protagonista, la directora pone el foco en la familia, en los que rodean a Ainara. Que decida ser monja o no está lejos de ser el tema de la película, sino que más bien habla de la soledad, el desarraigo, el agobio de unos jóvenes que no encuentran un camino seguro a lo mejor porque creen tener todo en contra. Este domingo, acababa de leer la noticia de la muerte de las dos chicas de Jaén, en la madrugada heladora del sábado. Y cada semana surgen más noticias sobre el acoso escolar. Y a diario contemplo las caras perplejas de quienes son ya nuestro futuro. La soledad de Ainara es ficción, aunque duela y escueza toda la noche, al salir del cine. La otra, la que vemos o leemos, es la realidad. Y se nos presenta desnuda, sin títulos de crédito, ni luz que ilumine el final para que nos levantemos de los asientos y nos vayamos tranquilos.
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