Opinión | Sheila Albalate
Promesas que no valen nada

Protesta por la inaccesibilidad de la vivienda / SERGIO PEREZ
Decía José Saramago que «no hacemos más en la vida que ir buscando el lugar donde quedarnos para siempre». Quizá la ciudadela a la que se refiere sea la que se construye una misma hacia dentro, aunque la necesidad de habitar un hogar también en el plano material es incuestionable.
Sin embargo, tener la posibilidad de acceder a un techo bajo el que guarecerse se ha convertido en una especie de baza política mediante la que chantajear a los votantes con promesas que no valen nada. Esta semana, sin ir más lejos, se ha paralizado la licitación de la propuesta del PP de María Guardiola de construcción de 427 de carácter social debido a un error flagrante. Una de las parcelas incluidas en el pliego no es urbanizable por no ser de propiedad municipal. Entonces, Gallardo, el candidato del PSOE a la presidencia, ha recogido el testigo de la utopía inalcanzable anunciando la construcción de viviendas públicas a 90.000 euros. Cómo conseguirá llevar adelante la medida, lo desconocemos. Dudo que él mismo lo tenga muy claro.
En España solo el 3% de las casas son públicas, al contrario de lo que ocurre en países como Holanda, donde hasta un 30% de todo el parque de viviendas es social. Nuestro país no cuenta con un fondo estatal habitacional que sea independiente del signo político de quienes nos gobiernan. Usan este derecho fundamental como azote, igual que ocurre con la sanidad y la educación, cuyas partidas presupuestarias quedan a expensas del color de quien gobierne.
La vivienda no debería ser un sueño aplazado ni una utopía sometida al vaivén político, sino la baldosa mínima desde la que una persona puede empezar a cimentar su historia
La mayor parte de las casas vacías de España, especialmente en zonas rurales, pertenecen a propietarios privados que quisieran deshacerse de ellas. Tendría sentido ceder sus propiedades a bolsas de alquiler local, pero la medida parece no habérsele ocurrido a nadie. Pagan facturas de alojamientos inutilizados que ofertan a precio de oro dada la alta especulación en un mercado desregulado, en el que los sueños y aspiraciones de los jóvenes, y no tan jóvenes, acaban frustrándose. Quienes son propietarios de suelo en destinos turísticos lo han visto claro: bloques enteros de pisos sin alma, destinados a acoger a las aves de paso.
Quizá Saramago tenía razón y en la vida no hacemos más que buscar el lugar donde quedarnos. Pero esa búsqueda se vuelve desgarradora cuando depende de promesas pronunciadas con la ligereza de quien nunca ha tenido que enfrentarse a la incertidumbre de no tener un techo propio. La vivienda no debería ser un sueño aplazado ni una utopía sometida al vaivén político, sino la baldosa mínima desde la que una persona puede empezar a cimentar su historia. Mientras quienes gobiernan sigan tratando este derecho como una ficha más en su tablero, el país entero seguirá habitando una casa sin estructuras sólidas, donde cada cambio de legislatura traerá un temblor y cada esperanza, la crónica de un fiasco anunciado.
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