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Opinión | Con permiso de mi padre

Infancias de cristal o de barro

Venimos de una generación que aprendía el mundo tocándolo. Hoy, en cambio, hay parques acolchados y meriendas ‘healthy’ sin gluten ni azúcar

Pan sin gluten

Pan sin gluten / El Periódico

No concibo una infancia con las manos suaves, con las rodillas intactas, ni con la mirada quieta frente a una pantalla. No es desprecio a los tiempos modernos -que tienen su encanto-, pero las cosas como son: a los niños de ahora les falta calle, polvo en los zapatos y risas a gritos en la plaza.

La infancia, esa estación del cuerpo que antes olía a sudor y a bocadillo de nocilla, se ha domesticado. Ya no se mide por la altura de los columpios ni por las veces que volvías a casa con la camiseta rota, sino por las horas de conexión a internet.

Antes, el peligro te esperaba tras una tapia o en el perro del vecino; ahora llega en forma de notificación o de un vídeo de veinte segundos que atrapa más que una cometa enredada en los cables de la luz.

Será que venimos de una generación que aprendía el mundo tocándolo. Había barro, espinas y hormigas exploradoras trepando por las rodillas. Hoy, en cambio, hay parques acolchados y meriendas ‘healthy’ sin gluten ni azúcar.

Los críos usan un casco de la «Hormiga Atómica» para subir al patinete o a la bici, protector solar incluso bajo techo, y miedo a ensuciarse tatuado en cada «ten cuidado». Yo tengo amigos a los que valoré especialmente porque tenían seis puntos en la barbilla.

Hemos confundido proteger con aislar, cuidar con encerrar, les hemos levantado una infancia de cristal, temerosos de que se rompa a la mínima rasgadura.

Ahora los niños aprenden a deslizar el dedo antes que a lanzar una piedra al río y saben programar una tablet antes que chutar un balón. En las reuniones familiares, no enredan ni interrumpen: simplemente no están, porque sus ojos se perdieron en alguna pantalla. Se habla mucho de déficit de atención, pero lo que falta no es atención, sino aire libre, viento en la cara y aburrimiento del bueno, ése del que nacen los juegos y las ideas.

Y mientras, esos niños se hacen mayores sin saber lo que pesa un verano en las piernas, sin la marca del sol que empieza en los calcetines y termina en las rodillas. Les hemos rodeado de pantallas, pero les hemos dejado sin paisaje; les hemos dado acceso al mundo entero, pero a cambio les hemos cerrado la puerta del patio donde empezaban las grandes aventuras.

No es esto que les escribo hoy un ejercicio de nostalgia autocomplaciente, pero un poco de equilibrio vendría bien: que sigan siendo nativos digitales, sí, pero también ciudadanos del aire, del parque, del juego compartido.

Quitándoles esa infancia pierden también la capacidad de aprender a vivir. Y eso no es justo. Nada iguala la emoción de que el vecino te pille catando los tomates de su huerto una tarde de agosto. O de despellejarte las rodillas tirándote con la bici por la cuesta…, porque no funcionen los frenos.

*Mercedes Barona es periodista.

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