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Opinión | Extremadura desde el foro

Netflix, competencia y poder

Para el español, los efectos quizás estén más relacionados con la calidad del producto (veremos qué entraña la absorción de un referente de calidad y de riesgo artístico como es HBO en un muy diferente ecosistema)

Netflix.

Netflix. / EL PERIÓDICO

«Este espectáculo podría ser yo solo, saliendo al escenario y diciendo: ¡Bien hecho, Netflix! Ganasteis. Todo. Buenas noches». El viral discurso del cómico Ricky Gervais en la gala de los Globos de Oro en 2020 presagiaba un futuro audiovisual prácticamente controlado por las plataformas de streaming, entre las que el gigante del logo rojo ocupaba algo más que la posición de líder. Que el cine cayera en sus manos ya era entonces, hace un lustro, cuando el polémico Gervais ponía el dedo en la llaga, una mera cuestión de tiempo. Una invasión gradual pero imparable, que caminaba de la mano de un cambio en los parámetros de consumo de ocio, la aceleración en el uso de “multidispositivos” y el incremento de suscripciones “fáciles y baratas” (de salida), convenientemente acelerados por la pandemia del Covid.

La integración de los videojuegos ha sido tímida (quizás sea el mercado más “rebelde” y resistente al mainstream) y ha escapado de las ansias de control de estas compañías, pero otros dos campos han entrado ya en el radar de estas plataformas, cambiando de modo radical las reglas del juego: deportes y noticias. Por eso, en Estados Unidos la conversación ahora es la multibillonaria (en dólares americanos) oferta de adquisición de Warner Brothers por Netflix. Cifrada en 83 mil millones, es todo un terremoto sobre el sector. Supone que dos gigantes unifican fuerzas bajo una única dirección y esto tendrá visibles implicaciones en la posición de mercado y en la producción. Es una batalla por el suscriptor. Por ocupar mayor tiempo de atención. Pero lo es, sobre todo, por el contenido.

Para el español, los efectos quizás estén más relacionados con la calidad del producto (veremos qué entraña la absorción de un referente de calidad y de riesgo artístico como es HBO en un muy diferente ecosistema). Incluso, en nuestra perenne polarización contaminada, por el crecimiento de un icono woke como Netflix. En Estados Unidos, el enfoque es violentamente distinto.

La irrupción de Trump avisa que la operación va más allá de una típica transacción corporativa. El presidente declaró que anticipa dificultades para culminar esta compra por “razones de competencia”. El anti-monopolismo constituye una de las sacrosantas instituciones del mercantilismo norteamericano (cuya primer precursor es la ley antitrust “Sherman”, que tomó el nombre del senador que la impulsó y cuyo retrato se puede ver en la magnífica “Muerte por un rayo”…en Netflix). Es cierto que existen procesos de vigilancia para este tipo de transacciones, pero la advertencia presidencial tiene otras connotaciones.

Sólo un día después de estas declaraciones, Paramount presentó una oferta superior a Netflix en forma de Opa hostil (Warner ya había aceptado la de la compañía de Sarandos). Con un pequeño añadido: también se quedaría con la CNN y la división de noticias, que Netflix excluyó para su cierre. Esta contraoferta, liderada por un Larry Ellison con vía libre en la Casa Blanca, explica que todo esto va más allá de Harry Potter, Juego de Tronos o, claro, por el dominio del sector. No tan en el fondo pesa el control de mayor número de altavoces y de la colocación de mensajes. O, al menos, de evitar que otros lo hagan.

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