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Opinión | Con permiso de mi padre

Cáceres

Más cómodo prohibir que acompañar

Un padre y su hijo navegan por las redes sociales, en su casa de Madrid.

Un padre y su hijo navegan por las redes sociales, en su casa de Madrid. / El Periodico

La red lo aguanta todo. También lo peor. En este océano sin costas, inabarcable, que son las redes sociales, cualquiera puede lanzar una piedra y desaparecer sin dejar rastro. Y lo que empieza siendo una broma, una ocurrencia rápida al calor del teclado, muchas veces termina en una herida profunda para quien la recibe. La impunidad del anonimato ha cambiado las reglas del juego: ya no hace falta dar la cara para herir, basta con un alias y un avatar.

En este contexto, países como Australia han decidido pisar el freno y prohibir el uso de redes sociales a los menores. Puede ser una medida extrema (como casi todas las que adopta Australia en cuestiones de libertad ciudadana), pero obliga a hacerse una pregunta incómoda: ¿están nuestros niños preparados para un espacio donde el insulto, la comparación constante, la presión estética y el juicio inmediato forman parte de lo cotidiano? Y la respuesta es que no. Muchos adultos tampoco lo están.

Porque las redes no solo han modificado la forma de relacionarnos, también han transformado aquello que admiramos. Los referentes de esta generación son esos influencers que, con la misma rapidez con la que suben y se forran, caen del pedestal. Viven en un escaparate permanente ante millones de miradas que miden su valor en “likes”, visualizaciones y seguidores. Es una fama de consumo rápido, sin digestión posible.

No se trata de demonizar a todos los creadores de contenido. Hay gente valiosa, creativa y honesta haciendo cosas interesantes. Pero sí hay que reconocer que el algoritmo premia lo que engancha, no necesariamente lo que aporta. El escándalo, la provocación, la exageración y el ataque personal tienen premio. El matiz, la reflexión, la duda y la prudencia, no tanto. En ese escenario, ¿qué aprende un adolescente sobre el éxito, la autoestima, la relación con los demás?

Mientras tanto, los padres, los docentes y, en general, los adultos que rodeamos a esos menores, libramos una batalla desigual. Competimos con pantallas que nunca se apagan, con notificaciones que interrumpen la cena y con una presión social que hace que “no estar en redes” se viva casi como una rareza. Educar hoy supone algo más que controlar horarios de uso: exige enseñar a mirar con distancia crítica, a desconfiar de lo perfecto, a entender que no todo lo que se ve es real.

Y ahí entra en juego la palabra que parece antigua, pero es más urgente que nunca: valores. Valores para entender que el otro, incluso detrás de un perfil anónimo, es alguien que siente. Valores para no sumarse al linchamiento digital solo por formar parte de la manada. Valores para saber que la dignidad no se negocia por unas risas o unos seguidores más. Valores para entender que la libertad de expresión no es libertad de agresión.

Las leyes pueden poner límites: marcar edad mínima, exigir verificaciones y sancionar conductas. Pero ninguna norma sustituirá jamás a una conversación a tiempo, a un adulto que acompañe, a una familia que marque fronteras, a una escuela que enseñe a pensar. Las redes son un reflejo deformado de lo que somos. Si no queremos que se conviertan en un territorio hostil, el cambio tiene que empezar en casa, en las aulas, en las conversaciones incómodas que a veces preferimos evitar.

Tal vez el reto no sea desconectar del todo, sino reaprender a estar conectados sin perder lo esencial: el respeto, la empatía, la responsabilidad. De no olvidar esto dependerá el tipo de sociedad que estemos construyendo.

Mercedes Barona es periodista

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