Opinión | Tribuna
El gran engaño
Los necios solo pueden crecer a la sombra del desconocimiento

Protesta de un grupo fascista. / Marti Segura Ramoneda
Cuando un político viene a Extremadura e insulta a su gente, en este caso a las profesoras de la educación pública, solo demuestra la bajeza moral propia de quien solo sabe medrar agarrado a la ignorancia fiel de quienes lo arropan.
Los necios con sus necedades solo pueden crecer a la sombra del desconocimiento, pues es del todo incompresible que un recto pensamiento noble pueda ser seducido por cabestros de tal tamaño.
El que vocifera para exaltar los ánimos de los que se alimentan de ideas vagas y falsas, comparable solo a la ignominia del que niega los huesos que mal descansan en escondidas parcelas, busca, como único afán, los segundos exactos de los que las redes, y su diabólico algoritmo, se alimentan.
Es desolador ver que las arengas vanas y soflamas vacías diseñadas para provocar el ardor y el odio, sustituyen al discurso de sólida argumentación y de rigurosa inteligencia. En realidad, son vendas que impiden el claro discernimiento. Burda trampa que hace merecedor al que en ella cae, de la desgracia de ser pasto de la histeria contagiada por contacto.
Es desolador ver que las arengas vanas y soflamas vacías diseñadas para provocar el ardor y el odio, sustituyen al discurso de sólida argumentación y de rigurosa inteligencia. En realidad, son vendas que impiden el claro discernimiento. Burda trampa que hace merecedor al que en ella cae, de la desgracia de ser pasto de la histeria contagiada por contacto
Cada vez más gente se regodea de atacar todo aquello que nos hace buenos. Si demonizas la igualdad de género, si aceptas que el interés crematístico esté por encima del bienestar social, si los derechos fundamentales desacreditas cuando de ellos eres beneficiario, si justificas que la Constitución se haya convertido, igual que si de una biblia se tratase, en una quimera cuyos mandamientos son obviados después de haber sido antes, mentirosamente, defendidos. Si todo esto pasa, y está pasando, quizá el corazón de la democracia se rinda y no habrá desfibrilador, ya sea por escondido o por insuficiente, que pueda alentar de nuevo el latido.
El que consciente apoya las ideas castradoras, si comprende el artificio que las alimenta, pero lo hace por su beneficio, puede tener sentido (no está exento de comprensión); aunque de egoísta sea no mirar el bien común, cuando en lo común también está representado. Pero el que apoya lo que le perjudica, nutriéndose solo de las sobras que el populista le ofrece como dádiva principal, cuando es solo el espejismo que engaña los sentidos, no tiene entendimiento posible.
Cierto es que todos los votos valen lo mismo, pero ¿tienen el mismo valor? No entraré yo a profundizar en dicha pregunta, la daré por retórica y a la par por olvidada, porque tanto la pregunta como la respuesta pueden ser capciosas si la intención que las genera fuera engañosa, que, con total certeza, no es el caso que me empuja a las vertidas reflexiones que he considerado para estas letras.
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