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Opinión | Textamentos

Matrix literario

Una mera anécdota puede abrirse a abismos más profundos, donde la frontera entre lo narrado y lo vivido se difuminan hasta rozar lo metafísico

Un centro de salud extremeño.

Un centro de salud extremeño. / EL PERIÓDICO

La mujer se acerca al joven y le pregunta a qué hora tiene cita. El chico responde que a las 10.30, pero, prevenido por el tono hosco de la mujer, se presta a cederle su puesto, pues, asegura, no tiene prisa. En un ambulatorio, donde todos queremos ser atendidos cuanto antes, tan generoso ofrecimiento desarma a la señora, que cambia rápidamente su actitud: «Qué amable eres, pero tranquilo, no es necesario».

El chaval, que además de amable es expansivo, comienza a darle conversación a la señora, a la que ella se une encantada. Yo que tengo un libro en las manos sigo leyéndolo sin leerlo, menos atento ya a las páginas que a la escena de quienes, inesperadamente, se han convertido en una suerte de abuela y nieto cariñosos. Y así, poco a poco, van tirando del hilo narrativo: él es sanitario (“en paro”) y ella goza de relativa buena salud, pero últimamente le duele la espalda. Él le recomienda un centro de masajes del barrio y ella le habla de sus nietos. La conversación daría para mucho, pero se corta cuando la doctora cita el nombre del joven. «¿Quiere usted pasar?», le pregunta él de nuevo, pero ella rechaza la invitación.

Terminado el acto, regreso a mi libro, una colección de historias cortas cotidianas, en apariencia triviales, como la que he presenciado.

Al pasar las páginas me descubro pensando en lo sinuosa que es la frontera entre lo leído y lo vivido, entre la literatura y la vida, entre lo real y lo inventado. Y caigo en la cuenta del desparpajo con el que una aburrida sala de espera puede convertirse en cualquier momento en un escenario, los pacientes en personajes y yo mismo en improvisado narrador de una historia sin tinta.

Y entonces comprendo que una mera anécdota puede abrirse hacia abismos más profundos, donde la frontera entre lo narrado y lo vivido se difuminan hasta rozar lo metafísico. Vivimos, en fin, para contar y ser contados.

El autor es escritor

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