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Opinión | Versos deportivos

Rueda mundialista

Fútbol y literatura nacen para revolucionar el infierno, como el Tatuaje de Vázquez Montalban. Los Mundiales lo hacen para restablecer el orden del cielo. Un acontecimiento que delimita fronteras y salda las cuentas pendientes de la Historia. Lo hace con el balón, los intereses y la patria. Una competición que únicamente han ganado ocho naciones, desde potencias culturales e imperiales hasta nuevos mundos americanos. Italia ganó con la testudo, un catenaccio que sirvió a Virgilio para inventar la épica, y cantar a la resistencia heroica. La Die Mannschaft, se encumbró con la «guerra relámpago», vendaval de juego atmosférico que utilizó Goethe para las tormentas interiores del hombre en el Romanticismo. Francia ganó con la Marsellesa, la novela realista y la literatura objetivista de Flaubert. Inglaterra con un equipo de vapor a toda máquina y los dobles sentidos de Shakespeare. Argentina y Uruguay, cobrando las deudas de los emigrantes y una literatura experimental alejada de la metrópoli, con Borges o Quiroga. Brasil ganó con un fútbol selvático y una literatura que florece como las plantas tropicales. Por su parte, España ganó con la táctica de los Tercios de Flandes, o sea, buscar los espacios del enemigo codo con codo cuando te dan hostias de todos los colores. Táctica que ya utilizaron los conquistadores extremeños. Cervantes plasmó esta filosofía a través de la invención de la novela y la misericordia de Quijote y Sancho.

Ahora el mundo globalizado, paradójicamente, se empequeñece a la par que agranda sus diferencias, aunque la rueda del destino siga girando con sus victorias y sus derrotas. Una rueda donde el giro de un equipo en un partido, escribía Fernández Santos en Los bravos, es como el destino de un hombre. Su carácter es su destino. Ya sea en el cielo, en el infierno o en el Mundial con más participantes de su historia.

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