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Opinión | Encerado y clarión

El día 21 Extremadura volverá a hablar

Las próximas elecciones deberían servir para algo más que repartir compromisos. Deberían servir para saldar deudas. Y la homologación salarial docente no es un privilegio pendiente: es una cuestión de respeto

Votación en un colegio electorial extremeño.

Votación en un colegio electorial extremeño. / Rafa Molina

Y cuando Extremadura habla, conviene escucharla. Porque esta tierra no perdona a quien la utiliza, pero sí sabe reconocer a quien la entiende. Aquí el voto no es un grito, es memoria. En los días previos a unas elecciones, como casi siempre, las palabras vuelan más rápido que los hechos. Se invoca al campo, a la dehesa, a ganaderos y agricultores, autónomos, empresas y empresarios, presentados, con razón, como la columna vertebral de esta tierra. Todo eso es cierto. Pero no lo es todo.

Hay otra columna que sostiene Extremadura cada mañana y que sigue esperando justicia, la escuela pública y sus docentes. Las próximas elecciones no debieran ser solo una pugna de siglas ni un concurso de promesas que decaigan con el tiempo. Deben ser una oportunidad para demostrar si quienes aspiran a gobernar conocen de verdad la tierra que pisan. Si saben que Extremadura no se conquista con discursos, sino con respeto. Que aquí no se vota por ruido, sino por confianza. Extremadura no necesita cifras infladas ni excusas recicladas. Necesita decisiones. Necesita coherencia. Y necesita comprender que apoyar al campo, a los ganaderos, a los autónomos y a las empresas también pasa por erradicar una injusticia histórica, la de ser una tierra que educa con excelencia, pero paga con resignación.

Extremadura tiene memoria

Porque Extremadura tiene memoria. Y la memoria pesa. No solo la de hace dos días, también la de hace doce años. Mientras el tiempo pasaba, el profesorado seguía dando clase. Seguía manteniendo abiertas escuelas rurales. Seguía recorriendo kilómetros para que ningún pueblo perdiera su aula. Seguía adaptándose a leyes, decretos y modas pedagógicas, digitales o presenciales, sin que ese esfuerzo se tradujera en reconocimiento económico ni social. Ser docente en Extremadura ha sido, demasiadas veces, un acto de vocación mal pagada.

Y la comparación con el campo no es casual. La escuela pública es tan estructural como la dehesa. Defender a nuestros ganaderos y agricultores es defender la dignidad del trabajo. Es rechazar que se viva peor por producir aquí que en otros territorios. Pues exactamente lo mismo ocurre con la escuela pública y sus docentes. No hay justicia posible si quienes forman a las futuras generaciones siguen siendo los peor pagados del país. No hay progreso real si se presume de ruralidad viva mientras se condena a sus docentes a la desigualdad salarial.

Las próximas elecciones deberían servir para algo más que repartir compromisos. Deberían servir para saldar deudas. Y la homologación salarial docente no es un privilegio pendiente: es una cuestión de respeto. El mismo respeto que esta tierra exige para su campo, sus autónomos, sus empresas, sus pueblos y su gente. El discurso del respeto se vacía cuando no se convierte en hechos. Y las promesas se desgastan cuando se repiten elección tras elección sin cumplirse.

Porque el verdadero problema no es la ideología. Es la distancia. La distancia entre el escaño y el camino de tierra. Entre el argumentario y la vida real. Entre decretos, órdenes e instrucciones y un aula extremeña. Mientras esa distancia no se cierre, Extremadura seguirá siendo una tierra que enseña mucho, pero reconoce poco.

Saturnino Acosta es maestro y presidente de ANPE Cáceres.

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