Opinión | Desde el umbral
Cocinar
Una manera de acariciar el alma de los demás

Una mujer en la cocina de su casa
Hay muchas personas que se dedican profesionalmente a cocinar para los demás, que preparan platos suculentos, que sirven sofisticados menús, que elaboran recetas de antaño e innovan con nuevas preparaciones, o que simplemente tratan la materia prima para servirla y alimentar a quienes acuden a los establecimientos que regentan o en los que trabajan. Pero, además de en los bares, cafeterías y restaurantes, a diario, se cocina en casi todas las casas y hogares. Y es cierto que vivimos tan deprisa que, habitualmente, lo hacemos de un modo un tanto automatizado, por inercia y como un hábito o rutina más que forman parte de la cotidianidad. Pero, ahora que se acerca el momento de celebrar multitud de comidas familiares y de amigos, habría que reparar en lo que supone el gesto de cocinar para los demás, especialmente cuando se cocina para seres queridos, para personas a las que amamos, para gente a la que profesamos cariño. Cocinar es una manera de acariciar el alma de los demás y de decir «te quiero» sin utilizar la palabra. Cocinar es, además, sinónimo de cuidar.
Han sido las abuelas y las madres las que han invertido tiempo y esfuerzos incontables en esta tarea. Por eso, gracias a todas ellas, y en especial a Encarna y Hermelinda, a mi madre y mi abuela, a las dos mejores cocineras que nunca conocí y de las que tuve y tengo el gusto de haber aprendido a juntar ingredientes para escribir cartas de amor entre aderezos, cucharones, peroles y sartenes
Cocinar es, en fin, un modo de entregarse a los demás, para el disfrute colectivo y con el objetivo de proporcionar un alimento gustoso, claro que sí, pero, también, de abrazar y confortar. Quienes solo esperan a que les pongan el plato, quienes no se han ‘metido en harina’ nunca, quizá no puedan alcanzar a apreciar cuánto de sí mismo deposita quien cocina en cada preparación. A veces, los comensales no se detienen lo suficiente a apreciar, valorar, reconocer y agradecer a quien se mete durante horas en los fogones para que, llegado el momento, la mesa esté servida con platos rebosantes de deliciosos sabores y embriagadores aromas. Y está claro que quien lo hace, quien cocina para los demás, no actúa esperando felicitaciones y aplausos por ello. Pero, antes de comenzar a degustar, a paladear, a masticar o a devorar, según la costumbre de cada cual, habría que detenerse por un momento para dar gracias, además de por tener alimentos que llevarse a la boca, por tener cerca a alguien que pone lo mejor de sí para hacer que los demás puedan sentir su hambre saciada y su sentido del gusto complacido y satisfecho. Ya decía antes que el cocinero o la cocinera no suelen pedir ni esperar nada a cambio de su labor para con los demás. Porque, a menudo, les satisface el propio acto de entrega y porque se han hecho expertos en interpretar o desentrañar aquello que se trasluce en los comensales más allá de la verbalización del gusto, a través de sonidos onomatopéyicos, del lenguaje no verbal, del gesto y la mueca. Pero, al igual que nunca se dicen suficientes «te quiero» a las personas amadas, por muy generosos que seamos a la hora de mostrar nuestro amor, tampoco sobrarán jamás los agradecimientos a quienes se entregan cultivando ese modo de expresar afecto que es cocinar para los demás. En la época que vivimos, afortunadamente, es mucha más la gente que se adentra en la sala de máquinas de la cocina para ofrecer este mismo testimonio de cariño a los demás. Pero, tradicionalmente, han sido las abuelas y las madres las que han invertido tiempo y esfuerzos incontables en esta tarea. Por eso, gracias a todas ellas, y en especial a Encarna y Hermelinda, a mi madre y mi abuela, a las dos mejores cocineras que nunca conocí y de las que tuve y tengo el gusto de haber aprendido a juntar ingredientes para escribir cartas de amor entre aderezos, cucharones, peroles y sartenes.
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