Opinión | Trazos y travesías
Ininteligible

Homenaje a Robe Iniesta en Plasencia.
Se ha muerto Robe. Lo sabe todo el mundo. Yo también creía saberlo, pero solo me había enterado. He comenzado a comprenderlo días después, cuando en el reposo del sábado, escuché el álbum Destrozares: canciones para el fin de los tiempos. O luego, viendo la rueda de prensa que ofrecieron para presentar ese mismo disco. Le preguntaban qué significaba el título y a qué se debía aquello de las canciones para el fin de los tiempos, qué mensaje oculto pretendían transmitir esas siete palabras juntas. Él respondió que no tenía ni idea, que, en todo caso, habría que ponerse el tema primero para entenderlo. Así somos, obviamos lo esencial y preguntamos por lo obvio. Qué respuesta esperaría aquella alma cándida. Qué respuesta de Robe, para ser más exactos. Lo mismo era becario.
Durante la siesta del día siguiente me retrotraje hasta la adolescencia, cuando yo tampoco quería ser como tú ni como nadie. Bueno, como Robe sí. Me fascinaba la idea de poder puentear lo políticamente correcto para decirle a cada quien lo que merece, esa capacidad que no deja de ser un privilegio al alcance de casi nadie. O al alcance de Robe, para ser más exactos.
En mi época, el punto álgido de la rebeldía nos tomaba a los dieciséis años (si no, mal íbamos), pero debíamos estar en casa a eso de medianoche, con los Lunnies y los Teletubbies. Como era bicha nocturna, no conseguía conciliar el sueño, entonces bajaba al salón y enchufaba los cables del reproductor VHS. Cuando las cifras de color neón azul parpadeaban, Introducía cintas grabadas de conciertos de la 2. Allí aparecía Robe, para mí sola, en el salón. Su movimiento mínimo, su hachazo verbal, sus ballenas al sol en dirección a su pecho abierto encuadrado entre costillas marcadas.
Robe pedía tiempo, únicamente más tiempo al tiempo perdido. Pasan las fechas, los aniversarios, las personas. No logramos parar a ver crecer amapolas, estar con nuestros amores en las nubes, hacerle al mundo mejoras. Y así está el mundo: hecho un cisco
Consciente de su delgadez y su vulnerabilidad, en el último trabajo le pedía a quien fuera que se acercase y lo agarrase, porque «se me lleva el aire». Siempre admiré su clarividencia. Por lo visto, el otro día el aire no quiso acompañarle. Lo vació de sí mismo, dejándonos solo otro aire levitando: su alma. Tenemos las canciones, la poesía, la actitud, los valores; pero no tenemos a Robe. Hemos perdido la posibilidad de ser testigos de su evolución hacia cierto punto medio. Como él decía: «hay que ser intransigente, pero no tanto», en la entrevista que concedió tras ser condecorado con la Medalla de Extremadura.
Robe pedía tiempo, únicamente más tiempo al tiempo perdido. Pasan las fechas, los aniversarios, las personas. No logramos parar a ver crecer amapolas, estar con nuestros amores en las nubes, hacerle al mundo mejoras. Y así está el mundo: hecho un cisco. Venimos necesitando ese espacio personal al que él escribía, para que cuando se los lleve el aire, dejemos aquí algo más que una calavera desgastada por estrés laboral, gente que vive en la pantalla de nuestro móvil más que en nuestro plano real y burocracia absurda hasta para las necesidades más básicas. Menos mal que existen las creaciones de Robe para acompañar la locura íntima de todos los que, como él, sentimos que no pertenecemos a este mundo.
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