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Opinión | Textamentos

Retablos y bestiarios

Un lector hojea un libro.

Un lector hojea un libro.

Aunque no se puede saber de todo y, en mi caso, el género teatral es el que menos frecuento, confieso que me avergonzó un poco no haber sabido antes de la obra de José Manuel Corredoira Viñuela (Gijón, 1970) y del que supe gracias al profesor Manuel Aznar Soler. Me avergonzó un poco sobre todo por dos razones: una es que Corredoira reside desde hace muchos años en Hoyos, un pueblo extremeño en el que he estado varias veces, y otra, sobre todo, por el interés y amenidad de su escritura, barroca, vanguardista y lúdica, y que ha recibido reconocimiento tanto en el ámbito académico (desde Ricardo Senabre, con el que Corredoira tuvo abundante correspondencia, o Ignacio Arellano, a hispanistas de Francia, Alemania o Italia) como literario, pues algunas de sus obras han sido prologadas por Juan Goytisolo, Fernando Arrabal o Domingo Miras.

Sí va el mundo: unos se dedican al marketing de sí mismos, mientras otros prefieren centrarse en seguir leyendo y luchando con el lenguaje y con sus demonios, ensanchando los límites de su mundo literario, para disfrute de quienes, pocos o muchos, se adentren en su lectura

En espera de que se representen la mayoría de sus obras, ya la lectura de estas nos desconcierta al principio para engancharnos después, en un disfrute que parte de la comicidad de sus personajes, de cómo hablan y cómo se comportan, y de su mero argumento. Desde las tres piezas que componen su Bestiario de amor, centradas en animales (el crimen del loro Matildo o el papagayo que presenció, antes de que lo cegaran, la infidelidad de Liudmila con el toro Ferdinando) a su Infierno portátil, pasando por las extravagancias de los alocados personajes de Iluminaciones al público o de las rocambolescas relaciones de pareja en Retablo de ninfas.

Pero esa comicidad, como la del barroco, bebe en un desengaño del mundo nutrido de amplias lecturas filosóficas (el autor estudió Filosofía con Gustavo Bueno en Oviedo) como muestra su pieza Diferencias sobre la muerte, prologada por Senabre, y que comienza un camino aún más vanguardista proseguido en Elucidario sentimental.

Uno esperaría que, existiendo en Cáceres una Escuela Superior de Arte Dramático, fuera aquí donde impartiera su magisterio un dramaturgo con la trayectoria de Corredoira y no, como es la realidad, en un taller literario en la biblioteca de Montehermoso. Pero así va el mundo: unos se dedican al marketing de sí mismos, mientras otros prefieren centrarse en seguir leyendo y luchando con el lenguaje y con sus demonios, ensanchando los límites de su mundo literario, para disfrute de quienes, pocos o muchos, se adentren en su lectura.

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