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Opinión | Elecciones en Extremadura

Madrid

El socialismo avergonzado castiga a Sánchez en la Extremadura del PP en la que se crece Vox

Guardiola le sirve una agridulce victoria sin mayoría absoluta a Feijóo que apaliza al PSOE pero engorda a la ultraderecha en el arranque de un año electoral

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez.

El presidente del Gobierno y secretario general del PSOE, Pedro Sánchez. / EP

La lluvia de elecciones que va a inundar España en los próximos tiempos ha comenzado en Extremadura. Resultado: Ha ganado el PP con 29 escaños, pero sin arrasar con una ansiada mayoría absoluta de los 33. Se ha premiado un personalísimo ‘Guardiola style’ pero no se le ha concedido ‘el gordo’ en las urnas. Ella buscaba acertar de pleno con su arriesgado adelanto electoral; deshacerse de una vez de Vox y dar la puntilla a un socialismo que enfrentó las elecciones tratando de disimular que el ‘rey caminaba desnudo’. Y, de paso, que se le diese el sitio que cree merecer en el seno de un partido, el popular, que lleva desde las anteriores autonómicas mirando de reojo a la baronesa que quiso romper con la ultraderecha primando ideas y no números… pero sin pensar en cómo iba a digerir eso su dirección nacional y el resto de barones que priorizaban cuadrar mayorías.

Guardiola ha logrado algunos de sus objetivos y otros no. Lejos de debilitar a Vox -11 escaños- ha engordado a la extrema derecha, eso es innegable, pero también le ha dado una victoria a su jefe, Alberto Núñez Feijóo, en un momento delicado y ha situado al socialismo extremeño en una coyuntura tan lamentable -18 escaños- que es inimaginable que pueda levantar cabeza para ayudar a hacer frente a las siguientes generales, incluso aunque se celebren cuando tocan, en el 2027, si es que Pedro Sánchez de verdad logra aguantar vivo en la Moncloa hasta entonces. Los mensajes que le están lanzando (y que le van a seguir lanzando) sus socios parlamentarios al conocerse el resultado extremeño serían, al menos, para que se vaya un buen rato al rincón de pensar.

Y hablando de que Sánchez debiera reflexionar: El jefe de los socialistas puede tener suerte, valentía y una resilencia por encima de la media española, pero Extremadura le acaba de recordar que su carne política es mortal y que su gran apuesta por retener a los progresistas azuzando el miedo a Vox y clamando contra el supuesto ‘lawfare’ que padece ha tocado fondo.

Él, amante y experto en arriesgadas piruetas políticas a nivel nacional e internacional que le han provocado al socialismo alguna que otra taquicardia y varias alegrías inesperadas en los últimos años, quiso ya no epatar, sino hacer magia en las elecciones extremeñas: bendijo como aspirante a Miguel Ángel Gallardo, un candidato procesado, al que nunca apoyó abiertamente antes de que saltaran a la luz pública los líos con la hipotética contratación a dedo, hace años, del hermano del propio presidente. Sánchez hizo no de tripas, corazón sino de cerebro, tripas y se permitió que Gallardo fuera cabeza de cartel para pedir a los ciudadanos de Extremadura, con histórica vocación progresista, que dictaran sentencia social antes de que lo hiciera oficialmente un tribunal. Pues lo han hecho.

No ha funcionado que el presidente del Gobierno y líder del PSOE se haya implicado a fondo en la campaña. No ha logrado anestesiar el dolor que los socialistas sienten por la corrupción propia y los casos denunciados de acoso a mujeres. No ha sabido frenar la sensación de vergüenza desmovilizadora ni la abstención en la que se han refugiado miles de antiguos votantes del puño y la rosa: la debacle de su partido en esta región es histórica y condenará a la federación extremeña a pasar una travesía en el desierto durante muchísimo tiempo, mientras el PP se mantiene fuerte, Vox dobla resultado y avisa a navegantes (sobre todo a otros barones populares que soñaban con no necesitarlos próximamente) y Unidas Podemos crece sobre las ruinas del socialismo, con 7 escaños.

¿Y ahora qué? Pues en el entorno monclovita y en algunos despachos de la madrileña calle Ferraz lo tienen más o menos claro: a cantar villancicos cuanto antes, a insistir en que las elecciones eran autonómicas y nada tienen que ver con el resto de España y a sugerir que dimita Gallardo en todo caso, que para eso era el aspirante… a seguir pisando llamas sin mirar atrás, aparentando que no pasa nada grave y señalando que el problema, en realidad, lo tienen los populares por depender de las condiciones que ahora pongan Vox para que María Guardiola, sin mayoría absoluta, pueda gobernar. Obviando otra forma de mirar la realidad: que si las condiciones que pone la ultraderecha son tan tremendas como augura el PSOE, el problema lo tendría la ciudadanía, no solo los populares, y que los socialistas podrían poner sus votos a disposición de que eso no ocurra, siguiendo la senda de otros países europeos.

En cuanto al PP: La estrategia de hacer de una serie de adelantos y procesos electorales en cadena (primero Extremadura pero ahora viene Aragón y después, por calendario, llegan Castilla y León y Andalucía) una especie de sucedáneo de moción de censura que Feijóo no quiere presentar, tiene sus riesgos. Bastantes. Vox no es algo que puede venir con fuerza: es que ya está aquí y engorda y engorda. El Partido Popular puede debilitar en urnas al PSOE de Sánchez hasta dejarlo en los huesos –la paliza extremeña va a aterrorizar a la militancia socialista-, aunque le dará también cierto respiro en las Cortes, que permanecerán cerradas más semanas de las habituales por periodos de campaña electoral. Esos descansos parlamentarios evitan el exceso de erosión con los socios que, si no hay moción, tienen más margen para mantener en coma al gobierno de coalición y evitar que la necrosis se propague por una izquierda que algunos dirigentes, ojo a esto, están rediseñando entre bambalinas en forma de ‘frente antiVox’ para tratar de salvar algún mueble.

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