Opinión | Cafe filosófico
¿Y qué pasa si gana la derecha?
Supondrá algunas diferencias, como una privatización de servicios públicos, una relativa bajada de impuestos o medidas cosméticas en cuanto a la cuestión migratoria

El senador de Vox Pelayo Gordillo junto a la candiata del PP a la Presidencia de a Junta. María Guardiola. / Cedida
Parece claro que se avecina un nuevo ciclo político en el país, que es la forma elegante de decir que el poder va a cambiar de manos. Tampoco mucho, ya saben, porque, para bien y para mal, el poder, en un sentido profundo, no depende exactamente de a quién vote o deje de votar la gente, pero alguna diferencia sí que vamos a notar. Apunto alguna de las que se me ocurren.
Desde un punto de vista económico, la derechización del país supondrá una privatización de servicios públicos y una relativa bajada de impuestos, lo cual beneficiará a empresarios, propietarios y especuladores, pero no a la mayoría, que tendrá peores prestaciones sociales (por ejemplo, sanitarias). Por otra parte, una ultraliberalización del negocio inmobiliario provocará un acceso más complicado aún a la vivienda (que es donde más se invierte en este país). En el sector primario, una hipotética desburocratización de las actividades agropecuarias supondrá menos control de lo que comemos y más riesgo de epidemias; y una mayor restricción de las importaciones agrícolas, como piden las patronales del campo (añadida al previsible descenso de las subvenciones públicas por la bajada de la presión fiscal) significará una cesta de la compra significativamente más cara.
En cuanto a la cuestión migratoria, una vez en el poder, y dada la necesidad de mano de obra, probablemente no se tomen más que medidas cosméticas, a la vez que se minimizan aún más las ya casi inexistentes políticas de integración. El resultado será una población inmigrante similar, pero más estigmatizada y menos integrada. Un cóctel explosivo.
En el resto de ámbitos, los cambios son también previsibles: más dinero para la enseñanza privada (y mayor deterioro aún de la pública) y menos para políticas sociales (olvídense de ayudas a personas en riesgo de exclusión, fondos para la cooperación internacional, medidas efectivas contra la violencia de género o criterios de sostenibilidad que protejan las costas o el patrimonio natural de la rapiña urbanística); más desregulación del ecosistema digital controlado por las grandes compañías tecnológicas y más control policial de las calles (vean las barbas del vecino americano); más retórica nacionalista y menos cultura crítica; etc.
En cuanto a la izquierda, le viene bien que gobiernen la derecha, e incluso la ultraderecha. Para que esta pierda su aureola de partido antisistema (¿habrá sido el objetivo secreto del PP y el PSOE el regalarle a VOX una elecciones en Extremadura?) y para que aquella tenga tiempo de reinventarse. Porque ni se puede vivir permanentemente del «no pasarán», ni de moralinas y banderas que más que despertar pasiones las enconan y que, en todo caso, no mueven a la mayoría. Las bazas de la izquierda deben ser una racionalización de la economía que permita sostener un estado del bienestar más austero y comunitariamente orientado (evitando la «cultura del subsidio» e integrando sin complejos a la población inmigrante) y la apuesta por una gobernabilidad mundial que garantice el cumplimiento efectivo del derecho internacional y promueva un desarrollo sostenible y justo a medio plazo. Con esos objetivos y con un equipode gente que no enferme de egolatría, la izquierda aún pueden soñar con ser una alternativa política real. A ver cuántas navidades hacen falta. Y digo navidades porque como sean «solsticios», van a ser infinitos. Ellos ya me entienden (o eso espero). n
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