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Opinión

Si saltamos, saltamos juntos

"Si saltamos, saltamos juntos", por Luis Sánchez-Merlo

"Si saltamos, saltamos juntos", por Luis Sánchez-Merlo / LNE

El debate sobre el uso de los activos rusos inmovilizados -confiscados por efecto de las sanciones derivadas de la guerra de Ucrania- vuelve a mostrar una de las grietas de la Unión Europea: la incapacidad para convertir la unanimidad moral en decisión política.

La UE sabe lo que quiere hacer, pero no logra acordar cómo hacerlo sin que alguien quede señalado. Cuando llega el momento de pasar de las musas al teatro, el riesgo no se evapora: se concentra.

Esta vez, en Bélgica. No por inclinación ideológica, ni por cálculo partidista, sino por una circunstancia material incómoda: en Bruselas se custodia la caja fuerte. Allí opera Euroclear, la infraestructura financiera que mantiene bloqueada la mayor parte de los activos del banco central ruso en Europa. La metáfora es literal. Y quien custodia, responde.

Europa discute si usar esos fondos -o, más prudentemente, los rendimientos que generan- para auxiliar a Ucrania. El debate es técnico y jurídicamente delicado. Pero hay un dato que suele diluirse entre informes: si se abre la caja, Bélgica se pone en el punto de mira. La logística del dinero no entiende de comunicados solemnes, sino de demandas, represalias, litigios y presión financiera.

Veintisiete vs uno

El Consejo de la Unión vuelve a exhibir su coreografía habitual. Se comporta como una asamblea de accionistas que aprueba inversiones sin aclarar quién responde si el proyecto sale mal. El acta recoge la unanimidad; la factura, no.

Veintisiete deciden en común, Bélgica paga en primera línea. Todos de acuerdo en el objetivo, nadie dispuesto a asumir el coste completo. Y ese desequilibrio no es un detalle técnico, sino el quid de la cuestión.

Se recurre a fórmulas intermedias: usar solo rendimientos, blindajes jurídicos parciales. Todo suena razonable. Pero nada altera el hecho esencial: el custodio sigue señalado. Liderar no es proclamar valores compartidos, sino organizar el riesgo. Sin ese paso, la falta de liderazgo deja de ser un eslogan para convertirse en un problema operativo.

En su lucha por sobrevivir entre bloques, Europa quiere abrir el cofre ruso. Cuando todos deciden, uno paga. Sin riesgo compartido no hay liderazgo.

Bart De Wever

En ese paisaje de liderazgos escasos ha emergido una figura inesperada: Bart De Wever (Amberes, 1970), escritor e historiador; obstinado líder del nacionalismo flamenco, exalcalde de Amberes, político de verbo seco y alérgico a la épica impostada. Y, ahora, tras siete meses de negociaciones para formar gobierno, primer ministro belga.

El soberanista flamenco que defendió durante años una Bélgica más confederal es quien recuerda ahora que sin un Estado europeo real no hay decisiones seguras. El que desconfía del sentimentalismo comunitario, «quien se levante a las 6 de la mañana para ir a trabajar tendrá siempre 500 euros netos más que alguien que no se levante», exige lo que la Unión dice ser y rara vez ejerce: reparto real de responsabilidades.

De Wever, al reconocer que nunca fue su «sueño» ser el primer jefe del gobierno de un país que en su día creyó que no debía existir, no ha irrumpido con la retórica de quienes gargarizan sin fundamento, sino con una frase que ordena el debate: «Si el salto es europeo, el paracaídas también debe serlo».

El republicano que no tuvo reparos en elogiar al monarca belga, «desempeña su papel de manera excelente. No comete errores, es muy objetivo. No puedo decir nada malo de él», no cuestiona la ayuda a Ucrania ni la legitimidad moral de usar los activos rusos. Objeta algo más prosaico y decisivo: la asimetría del riesgo. Bélgica no se niega a abrir la caja; se niega a hacerlo sola.

Y ahí destaca. No porque sea el líder que Europa soñaba, sino porque actúa como el que se necesita cuando la política toca caja: alguien que se mantiene firme en su negativa a recurrir a los fondos rusos. Que recuerda que la valentía sin garantías no es heroísmo, sino imprudencia delegada. Y que la Unión no se mide por la altura moral de sus declaraciones, sino por la solidez de sus cauciones.

Riesgo y retórica

Europa ha querido abrir el joyero ruso sin decidir antes si estaba dispuesta a custodiar juntas las consecuencias. Y al hacerlo ha confirmado una verdad incómoda: cuando el riesgo tiene nombre y apellido, la retórica se encoge.

El liderazgo europeo no fracasa por falta de valores, sino por ausencia de responsables. Churchill no está ni se le espera! Se entiende la habilidosa postura del belga.

Liderar no es dar la orden de abrir la caja, sino quedarse cuando suena la alarma. Y, hoy por hoy, esa alarma suena en Bruselas.

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