Opinión
Extremadura: teatro industrial y expolio sempiterno

coleg) / JAVIER CINTAS/ EUROPA PRESS
Lo que venimos diciendo desde hace años ahora lo recoge también la prensa nacional. Llevamos una década intensa de anuncios y ceremonias huecas que ha convertido la política de desarrollo en un teatro de cartón piedra. El resultado es siempre el mismo: humo, fotos y simulacro de futuro. Se repiten titulares que insisten en que «la transformación industrial es imparable», «Extremadura está liderando la cuarta revolución industrial» o que «las energías renovables atraen iniciativas verdes». ¡Pura filfa!
Los proyectos fantasmas se suceden con pompa electoral, hasta con «segundas piedras» en distintos comicios, pero nunca llegan a consolidarse. Entre megaciudades de ocio, casinos cansinos, azucareras internacionales, mataderos árabes, acuaparques, gigafactorías de baterías o fábricas de semiconductores, todo debería estar ya funcionando. Nada de nada. Y no es nuevo: en los años 80 se habló de la fábrica de computadores Dragón, en los 90 de la textil Hering… siempre el mismo patrón de promesas incumplidas.
Este ciclo reiterado constituye un oprobio constante. Extremadura es utilizada como escaparate de noticias grandilocuentes que nunca se materializan. Se alimenta la ilusión de progreso mientras se perpetúa la dependencia. La región se convierte en escenario de sueños rotos que otros capitalizan sin apenas dejar nada aquí.
El resultado es un expolio doble: por un lado, se extraen recursos (energía, agua y productos no transformados o en vivo) sin retorno proporcional; por otro, se usurpa la esperanza de sus habitantes, que ven cómo cada generación vuelve a emigrar ante la falta de oportunidades reales.
La paradoja es cruel, pues mientras se vota favorablemente en el congreso de diputados (incluidos algunos representantes de ambas provincias) el desmantelamiento de la mayor industria regional (la central nuclear de Almaraz), al tiempo que la justicia ordena la demolición del mayor complejo turístico (Valdecañas) obviando el principio de “no regresión ambiental”, se siguen vendiendo ensueños de transición hacia un futuro que es siempre el mismo. Extremadura aparece así, como una geografía del dolor, donde las legislaciones europeas y nacionales la limitan para explotar su territorio de la forma “reacional” (racional y reactiva) que es posible, mientras proclaman lo que nunca llega.
La consecuencia es evidente: los más jóvenes continúan emigrando, tal como sus abuelos, mientras en esta tierra se mantiene la espera pasiva de un maná empresarial que nunca aterriza (ni siquiera permiten un aeródromo en el municipio de Cáceres, el más extenso de la Unión Europea). Se reproduce el bucle de la frustración, y con él se erosiona la confianza ciudadana en las instituciones próximas y lejanas.
Extremadura no necesita milagros ni cuentos de laboratorio, sino una estrategia territorial de desarrollo que vincule sus ingentes dotaciones naturales y culturales, con el conocimiento, la innovación y la producción. El futuro de la región pasa por instalar industrias de anclaje aprovechando el enorme excedente de energía que genera (6,5 veces más de lo que consume), procesar lo que produce y retener el valor añadido de lo que hasta ahora se exporta en bruto. Ello exige un pacto institucional de largo alcance entre administraciones, universidad y empresas que rompa la dependencia de los subsidios y sustituya la cultura de la espera por la de la iniciativa.
Extremadura no necesita milagros ni cuentos de laboratorio, sino una estrategia territorial de desarrollo que vincule sus ingentes dotaciones naturales y culturales, con el conocimiento, la innovación y la producción
La dinamización socioeconómica sólo será viable si se asienta en la proximidad (energética, agroindustrial, logística y tecnológica) y si convierte el talento local, que viene exportando a raudales, en capital social y productivo. A ello se suma la urgencia de simplificar una burocracia que asfixia y unas restricciones ambientales que expelen a los habitantes del mundo rural y disminuyen la biodiversidad.
La geografía (a diferencia de lo que ocurre en países de similar extensión, llenos de adversidades y sumamente ricos) ha mostrado una generosidad inusual con esta región, regalándole más de lo que la historia le ha devuelto. Ahora falta la voluntad de convertirlos en prosperidad compartida. Si no se actúa con visión geoestratégica, el mapa del futuro volverá a dibujar los mismos vacíos de siempre, pero con menos gentes y más viejos. No obstante, si se pasa del discurso al compromiso, esta tierra puede dejar de ser universo de utopías y convertirse, por fin, en un espacio de esperanza real.
Extremadura no puede seguir siendo un decorado de discursos vacuos, ni un territorio confiscado en riqueza y en dignidad. Hartos de quimeras, lo que queda es un paisaje de decepción y ofuscación. Todo ello exige un cambio de rumbo: pasar de la propaganda a la acción, de la ilusión de feria a la construcción de futuro real para que la gente pueda vivir en condiciones en su lugar de nacimiento.
Si la naturaleza se ha mostrado generosa, y hasta pródiga, con este territorio, toca a sus habitantes en agradecimiento corresponder con «co-genes» (genes históricos) y coraje frente a la indolencia y la sumisión.
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