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Opinión | Con permiso de mi padre

La resaca ciudadana

Urnas el pasado 21D en Extremadura.

Urnas el pasado 21D en Extremadura. / EFE

Lo llamamos ‘Fiesta de la democracia’, porque ‘Día en el que os dejamos creer que mandáis algo’ era muy largo. Lo repetimos cada vez que vamos a votar, como quien brinda con sidra sin alcohol: con entusiasmo fingido y cierta sensación de engaño. Acabamos de vivir unas nuevas elecciones, con su liturgia habitual —encuestas, tertulias, fotos del momento histórico y declaraciones emocionadas a pie de urna— y ya huele a resaca. Pasados unos días, cuando los micrófonos se han apagado y los titulares se han marchitado, a nadie le importa demasiado lo que ha ocurrido en la comunidad extremeña si no es para usarlo como ejemplo o como advertencia. Ni siquiera a los que juraron que nuestro futuro estaba en juego.

Porque, seamos sinceros, vivimos la política como un espectáculo del que somos público resignado. Esperamos que otros decidan por nosotros, y luego nos quejamos del resultado. Nos indignamos en redes, enviamos un meme, compartimos un titular con cara de asco… y creemos que eso basta, olvidando que la democracia no es un evento, sino una práctica diaria.

 Mientras tanto, los partidos hacen su parte del ritual: interpretan los resultados según les conviene. Todos ganan algo, aunque sea un consuelo. Los que suben se declaran “avales a la gestión”. Los que bajan repiten “el mensaje no ha llegado”. Y los que desaparecen del mapa aseguran que “seguirán trabajando por la gente”, fórmula que ya funciona como epitafio político. Y así, entre eufemismo y autoengaño, el ruido se apaga y volvemos a lo de siempre: mirar la política como quien ve una serie de la que ya se sabe el final.

Todos olvidan

 En Extremadura, más que fiesta, lo que vivimos es un eco. Nuestra realidad, tan cercana pero tan pequeña en habitantes en el cómputo nacional, apenas ocupa espacio en las crónicas del país. Durante la campaña, todos prometen mirarnos; después, todos olvidan por dónde quedamos. Hemos sido protagonistas involuntarios de portadas, opiniones, vaticinios y análisis más exhaustivos que los de una madre buscando liendres.

Muchos que jamás han pisado esta tierra nos han dado consejos de cómo manejar nuestros asuntos, pensando que lo que se cuece en los grandes núcleos puede trasladarse aquí sin cambios.

 Yo lo que echo en falta es una mayor implicación de la sociedad civil en las decisiones que realmente nos marcan la vida.

Porque el poder, si no se exige, se acomoda. Y la ciudadanía, si no se implica, se adormece. Participar no es sólo votar; es fiscalizar, proponer, organizarse, hacerse escuchar. No basta con indignarse: hay que sostener la mirada cuando el foco se apaga. Sólo así la democracia será algo más que una fiesta con confeti prestado.

 Y quizás de eso se trata: de que la próxima vez, además de celebrar la “fiesta de la democracia”, no esperemos invitación para participar en las decisiones sobre cómo queremos vivir. Que entremos sin pedir permiso, movamos las sillas y elijamos la música. Que pidamos respuestas, que hagamos sugerencias a quienes elegimos. Porque mientras sigamos bailando al ritmo que marquen otros, no habrá democracia, sólo verbena. Y cuando todo acabe, otra vez, y se enciendan las luces nos miraremos pensando que no nos han dejado bailar, sólo mirar a otros bailando.

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