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Opinión

2025, año de errores (de comunicación política)

Donald Trump.

Donald Trump. / Andrew Leyden/ZUMA Press Wire/dp

2025 ha sido un año prolífico en errores de comunicación política. Voy a señalar cuatro muy significativos. El primero de ellos llegó de la mano del presidente de Colombia, Gustavo Petro, el pasado mes de enero. Tras unas incendiarias declaraciones del inquilino republicano de la Casa Blanca, Donald Trump, sobre deportaciones masivas de inmigrantes latinoamericanos y subidas de aranceles a diestro y siniestro, Petro, en las antípodas ideológicas del norteamericano, se enfrentó con su homólogo estadounidense a golpe de iracundos mensajes en las redes sociales.

El magnate metido a político recibió los mensajes del presidente andino como un bidón de gasolina lanzado contra una antorcha encendida. La respuesta de Trump fue rotunda, calificando a los retornados como «delincuentes ilegales» y ordenando la imposición de aranceles del 25% sobre todas las exportaciones colombianas, la revocación inmediata de visados a todos los funcionarios del Gobierno y una batería de medidas dirigidas a golpear a todos los ciudadanos colombianos, como la congelación de trámites consulares.

Ante una réplica tan agresiva, el pulso de Petro duró pocas horas. Con bastante celeridad aceptó recibir a los deportados, quienes finalmente volvieron en aviones a Bogotá.

Más allá de filias y fobias, lo que quedó claro es que las respuestas políticas impulsivas sólo son efectivas si, como subraya el politólogo Giuliano da Empoli, gozas del poder económico o militar absoluto sobre tu adversario (bien explicado en su libro La hora de los depredadores).

La comunicación, en política, es una cuestión delicada, que debe realizarse siempre dentro de los canales de la prudencia, de la inteligencia y del decoro (tanto en público como en privado)

Otro gran patinazo comunicacional nos llegó de la mano del ministro laborista de Sanidad británico, Andrew Gwynne, quien fue destituido en febrero tras hacerse públicos varios comentarios antisemitas, sexistas y degradantes que había realizado en un grupo de WhatsApp con compañeros del partido.

Gwynne se refirió a la diputada Dianne Abbot de manera muy despectiva (Abbott fue la primera mujer negra elegida para el parlamento británico y es la diputada con más años en el cargo). También hizo comentarios tremendamente sexistas sobre la viceprimera ministra, Angela Ryner. Y de una mujer de 72 años dijo que esperaba que muriera pronto.

Una vez que estos comentarios salieron a la luz (filtrados por alguno de sus compañeros de partido, obviamente), el primer ministro, Keir, Starmer, hizo lo único que puede hacerse en una situación como esta: cesar inmediatamente al ministro y expulsarlo de la formación progresista.

Otro caro desliz en materia de comunicación política arribó en Japón, cuando en mayo el ministro de Agricultura japonés, Taku Eto, rompió la confianza depositada en él. El alto cargo nipón tuvo que dimitir tras comentar públicamente que nunca compra arroz porque se lo regalan los militantes de su partido (justo en un momento en el que el país padece unos desbocados precios de ese cereal, habiendo aumentado un 55 % en los últimos dos años).

Taku Eto realizó su improcedente comentario en un seminario del gobernante Partido Liberal Democrático (PLD). Y, por supuesto, en cuestión de minutos sus palabras circularon como la pólvora, tanto en redes sociales como en medios de comunicación.

La renuncia de Eto es el reflejo de la seria «crisis del arroz» que afecta a Japón. A pesar de que el gobierno liberó este año 210.000 toneladas de sus reservas estratégicas (el 20% del total), en una medida extraordinaria reservada históricamente para emergencias nacionales como el terremoto, el tsunami y el accidente nuclear de Fukushima de 2011, los precios no han dejado de crecer.

Eto presumió insensiblemente sobre su fácil acceso al arroz, mientras la ciudadanía japonesa ajusta arduamente sus presupuestos familiares ante el constante aumento de precios de este esencial alimento.

Imposible confiar en alguien con tan absoluta falta de empatía. Y con tan bajo conocimiento de las más elementales reglas de la comunicación política.

También desde Asia nos llegó otro notable desacierto en materia de comunicación política.

La primera ministra de Tailandia, Paetongtarn Shinawatra, fue suspendida de sus funciones el pasado 1 de julio. ¿Por qué? Por no haber puesto cuidado en sus conversaciones telefónicas de carácter oficial.

Shinawatra fue acusada de vulnerar el código ético que se aplica a los políticos del país asiático, tras filtrarse una grabación donde la alta mandataria calificó de «oponente» a un teniente general tailandés, que estaba al mando de un regimiento apostado en la frontera con Camboya (país archienemigo de Tailandia).

La crítica se vio agravada por el hecho de que el interlocutor de Shinawatra era el exlíder camboyano Hun Sen, a quien le dijo «si quieres algo, solo dímelo y me encargaré de ello».

Lo más curioso del asunto es que el audio fue grabado y filtrado en Facebook por el propio político camboyano, quien gobernó con mano dura ese país entre 1985 y 2023.

Este estrambótico episodio culminó con una decisión judicial: el Tribunal Constitucional de Tailandia determinó que Paetongtarn carecía de integridad exigible a un primer ministro y dictaminó el cese de todo el gobierno (no sólo de la primera ministra).

Lección aprendida en 2025: la comunicación, en política, es una cuestión delicada, que debe realizarse siempre dentro de los canales de la prudencia, de la inteligencia y del decoro (tanto en público como en privado).

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