Opinión | Jueves Sociales
Qué bello es vivir
Pensar en los otros, sentirnos humanos, convertir el mundo hostil en un hogar. Todos los otros buenos propósitos empiezan aquí. Ojalá podamos cumplirlos

Una secuencia de Qué bello es vivir. / El Periódico Extremadura
Como hace ya tiempo que en vacaciones no decido sola qué se ve en la televisión por la noche, me he acostumbrado a regalarme algunas de mis películas favoritas a esas horas extrañas en que me despierto. Solo puedo hacerlo en Navidad o verano, porque el resto del año el trabajo, la lectura o la escritura reclaman su parte y hay que corregir, preparar clases, devorar un libro hasta saciarse o hasta que empiecen a doler los ojos, empezar una columna o una línea que lleva a otra y a otra, en el telar eterno en el que andamos todos enredados. Así alterno por las noches series de intriga y películas de aventuras con clásicos en blanco y negro que, a las seis de la mañana, con la niebla fuera, te transportan a un lugar perdido que sigue siendo tuyo aunque ya no puedas volver.
Cada año, en diciembre, me regalo Qué bello es vivir, El gran dictador, Tal como éramos, El golpe, Historias de Filadelfia o mi favorita de J. Stewart, El gran Harvey, donde el actor borda el papel del hombre bueno al que todos consideran un loco. Alterno libros y películas en esas horas de regalo en que la casa está en calma y aún no está abierto nada para lanzarse a ese consumo imbécil en el que solo nos consumimos nosotros mismos. Ayer acabé Qué bello es vivir, que resiste cada vez menos el paso del tiempo, no por su calidad, sino por el contraste con el mundo real, más parecido a la ciudad de Potter, el avaricioso antagonista, que a la que consigue Bailey, el hombre que dedica su vida a hacer lo correcto, aun a costa de sus sueños.
A pesar de eso, sigue emocionándome, no con la ingenuidad de la primera vez, pero sí con su esperanza de que siempre hay una salida si uno se rodea de amigos, si se dedica a hacer el bien. La vida de un hombre influye mucho en la vida de los demás, dice Clarence, el ángel torpe y bonachón que le muestra al protagonista cómo sería el mundo si no hubiera nacido. Y esa frase, que recogen casi todas las religiones y las filosofías, bien podría ser el único buen propósito de este año que empieza. Vivir pensando en cómo influye lo que hacemos. Amar al prójimo como a uno mismo. Da igual cómo se enuncie, el resultado es el mismo. Levantar la voz en contra de todas las guerras, de las grandes y devastadoras hasta las que se libran a nuestro lado. De Ucrania a los emigrantes desalojados y al piso tutelado que no se abrirá por la oposición de los vecinos. Pensar en los otros, sentirnos humanos, convertir el mundo hostil en un hogar. Todos los otros buenos propósitos empiezan aquí. Ojalá podamos cumplirlos. Muy feliz Año.
Pilar Galán es escritora.
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