Opinión
El mejor año que supimos vivir
También pedimos salud, esa palabra corta que no quisiéramos convertir en frase larga. Salud para levantarnos sin miedo y acostarnos sin sobresaltos

Ilustración de 2026. / El Periódico Extremadura
El Año Nuevo no es que haya llegado, más bien, y dando gracias, nos ha alcanzado. Nos encuentra donde estamos, con lo que somos sin aventurar lo que seremos. Posiblemente no traiga respuestas pasadas, pero sí traerá preguntas futuras. Viene con el frío justo para despertarnos la piel y con la calma necesaria para mirarnos por dentro. Se sienta en la mesa sin pedir permiso, escucha los silencios de la familia, recoge las risas de los amigos y, sin levantar la voz, nos recuerda que no estrena tiempo, lo continúa.
Hoy, Año Nuevo, es tiempo de deseamos felicidad, pero no la que deslumbra, sino la que acompaña, no la que presume, sino la que permanece. Esa que cabe en una mesa compartida, aunque falte una silla y sobre un recuerdo. La felicidad que se reparte en platos desiguales, en conversaciones largas, en miradas que no necesitan explicarse. La que no se anuncia en voz alta porque sabe que, si se nombra demasiado, se asusta y se va.
Hoy es tiempo de pedir familia, que no tiene por qué ser perfecta, pero siempre es refugio. Padres que repiten historias para no olvidar quiénes fueron, hijos que escuchan sin saber que están aprendiendo quiénes serán. Pedimos que los que están sigan estando y que los que falten encuentren la forma de quedarse sin doler tanto. Porque la familia no siempre es presencia, pero siempre es raíz, especialmente para los que están lejos.
También pedimos salud, esa palabra corta que no quisiéramos convertir en frase larga. Salud para levantarnos sin miedo y acostarnos sin sobresaltos; para que el médico sea rutina y no urgencia, para que el cuerpo responda y el ánimo no se rinda. Salud para discutir por tonterías y reconciliarnos deprisa, porque cuando las peleas son pequeñas lo importante sigue intacto.
Pedimos que el día a día no nos pase por encima, sino que camine a nuestro lado. Que llegar a fin de mes no sea llegar sin aliento, que trabajar no sea vivir a medias y que vivir no sea trabajar a tiempo completo. Que los otros problemas se arreglen si saben arreglarlo y, si no saben, que al menos no nos quiten el sueño ni enfrenten a familia, amigos y vecinos. Que el cansancio y el hartazgo no nos robe las ganas.
Y el Año Nuevo escucha en silencio, que es la forma más honesta de atender. No promete milagros, ofrece días. No garantiza certezas, regala oportunidades. Nos recuerda que la felicidad no llega de golpe, sino a plazos pequeños, un abrazo que sostiene, una sonrisa que rescata, una llamada que acorta distancias, una noche tranquila que devuelve la fe en lo cotidiano.
Tal vez el verdadero deseo para este Año Nuevo no sea cambiarlo todo, sino cuidar mejor lo esencial. Aprender a no posponer los abrazos, a no aplazar las palabras importantes, a no vivir siempre para el mañana, a no morir por el pasado. Tal vez la felicidad consista en llegar a tiempo a casa, a los otros, a uno mismo. Y que cuando este año pase, porque pasará, podamos mirarlo sin reproches y decir, en voz baja y con honestidad que quizás no fuera el perfecto, pero fue el mejor que quisiste vivir.
Feliz 2026.
Saturnino Acosta Garcia es maestro.
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