Opinión | Espectráculos
Agradecida incomodidad

Libro
Tengo algún amigo poeta obsesionado con la «difusión» de su obra. Observo sus afanes con cierta ironía pues, en realidad, casi nadie lee poesía aparte de los poetas, que no suelen leer salvo a unos cuantos. Y, sin embargo, estoy convencido de que la poesía nos aporta una riqueza interior insustituible por ninguna otra. El mundo, estoy seguro, sería mejor si la gente leyera poesía. No me imagino a Trump, o a Abascal, leyendo versos.
Durante estos fríos días navideños, he leído dos libros de dos poetas muy distintos, pero que tienen en común la insatisfacción con el lenguaje, ese querer ir más allá que es la marca de los poetas distintos, frente a tanto epígono que se conforma con «sonar bonito». El primero de ellos, De la incomodidad, de Antonio Martín Medina (Las Palmas de Gran Canaria, 1973), a pesar de su brevedad, ha tenido una larga gestación por parte de su autor, residente en Lanzarote y que, hasta ahora, solo había publicado dos plaquettes. Lo que él llama sus poemas “de subsistencia” desarrollan una sutil crítica social que es también crítica del lenguaje, hecha desde la modestia de «estos borradores / norteafricanos, ya / adulto, en busca de la contra- / seña incumplida de los juguetes» pero siempre consciente de sentir «hacia dentro, la picadura / de una distancia imposible».
El otro libro ha sido Escribir, del prolífico Miguel Ángel Curiel (nacido en 1966 en Alemania, pero hijo de emigrantes extremeños, de Jaraíz, y retornado a España de niño), y que es una selección de sus diarios poéticos en curso que él llama Luminarias.
Estos apuntes tienen tanto lirismo como sus poemas en verso, y exponen la ética y estética del autor, como cuando afirma que “escribir debería ir un poco por delante de la propia vida” o se plantea que «la Arcadia perdida pudiera ser muy bien Extremadura», pues «el paisaje es absolutamente real y verdadero, y esto es excepcional, una mezcla de dureza y dulzura, como mi madre». Nuestra región está para él llena de recuerdos de infancia, alguno tan impactante como la visión de un ahogado, sacado del río Tiétar, cuando tenía «ocho o nueve años».
El diario, que evoca sus paseos y sus lecturas (Simone Weil, Emily Dickinson) es menos solipsista que otras obras y gana en intensidad gracias a las experiencias compartidas con «ella», poeta portuguesa a la que se alude discretamente como ‘K’.
Mario Martín Gijón es escritor.
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