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Opinión | Café Filosófico

Los regalos del rey Trump

La historia enseña lo conveniente que resulta anticiparse, y que ser manso con los abusones no sirve más que para excitar su codicia

Trump.

Trump. / EPE

Resulta un tanto sorprendente el revuelo provocado por la intervención de los EEUU en Venezuela. Propiciar transiciones de régimen o golpes de Estado, sustituir gobernantes díscolos por otros más sumisos, apropiarse de las riquezas ajenas, o repartirse el mundo en zonas de influencia, responden al modo de actuar de todos los imperios que en el mundo han sido, tanto antes como ahora, incluyendo en el lote al «amigo americano». A lo largo de la historia lo normal ha sido saltarse las normas, mientras que lo raro ha sido instituir un marco de derecho internacional que, cuando ha existido, se ha convertido rápidamente en una herramienta de control y legitimación de las potencias hegemónicas.

Ahora bien, constatar que las cosas han andado siempre igual no quiere decir que debamos agachar (más aún) la cabeza. Todo lo contrario. El primero de los regalos que nos trae la obscena exhibición de poder del reyezuelo Trump es el de darnos la ocasión de, frente al quintacolumnismo de la ultraderecha (Vox en España) promovida por Trump y Putin, traducir el miedo colectivo en una firme política común frente al unilateralismo tanto norteamericano como chino-ruso. Si algo tiene de bueno la retórica del nuevo emperador (la retórica de no andarse con retóricas) es que desvela el patetismo de la verborrea inútil de quienes prefieren escurrir el bulto y aguardar a ver qué pasa. La historia enseña lo conveniente que resulta anticiparse, y que ser manso con los abusones no sirve más que para excitar su codicia.

Otro regalo del exhibicionismo de «poder duro» del inquilino de la Casa Blanca es su naturaleza cortoplacista. A diferencia del «poder blando», la violencia intimidatoria no seduce voluntades, y genera odio y rencor. La agresividad y la manera humillante en que Trump está tratando a amigos y enemigos rompe vínculos, deteriora relaciones de confianza y despilfarra el capital moral y cultural sobre el que los EE. UU ha fundado su imperio; capital sin el que la superioridad militar o el chantaje económico pueden resultar insuficientes o excesivamente costosos de mantener.

Un tercer regalo de Trump (o del más cercano y peligroso reyezuelo Putin) es el de hacernos recordar que la soberanía y los derechos de los que gozamos no son una renta vitalicia ni una condición natural, sino una realidad política sin otra garantía que la de un poder firme que los sostenga. Nuestro mejor propósito de Año Nuevo debería ser el de abandonar la cómoda actitud del «ciudadano-cliente» acostumbrado a pagar para que alguien proteja su bienestar, y asumir que nuestro estatus no solo depende de un Estado fuerte y un arsenal bien surtido, sino también de una masa de ciudadanos informados, críticos, activos y comprometidos con la defensa de sus valores e instituciones. Ya tardamos en asegurarnos de que contamos con ambas cosas.

El autor es profesor de Filosofía

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