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Opinión | Jueves sociales

Cortina de humo

Parecía una película de guerra, pero no lo era ni una broma. Los cuatro hombres de apariencia ceñuda, sobre todo el rubio teñido, no eran actores

Rubio y Trump.

Rubio y Trump. / EL PERIÓDICO

Parecía una película de guerra, de las malas, de esas que utilizas como ruido de fondo mientras echas una cabezadita después de una comida familiar copiosa. Pero no. Ni era una película ni una broma. Los cuatro hombres de apariencia ceñuda, sobre todo el rubio teñido, no eran actores, aunque estuvieran actuando, y el decorado era real, por más que pareciera de cartón piedra. También eran reales los discursos y eso que hablaban de asuntos increíbles, de hazañas dignas de la mejor literatura bélica y de héroes a la altura de Aquiles, con la diferencia de que aquí no había muerto nadie.

Increíble, pero cierto. Eso decían. No había habido ninguna baja entre los atacantes. En un ataque fulminante, los mejores hombres del mundo (lo dijeron muchas veces), procedentes del mejor lugar del mundo (esto también fue repetido) se habían adueñado en unas horas de todo un país, detenido a su presidente y a su esposa y conseguido la paz. De los habitantes de ese país se habló poco. Los estaban liberando y ya está. A los malos y a los buenos (estos adjetivos fueron frecuentemente utilizados), a los que estaban de acuerdo y a los que no, porque expandir la democracia cuesta, no es un maná que caiga del cielo. Hay que usar aviones, helicópteros, bases militares… pero nadie resultó herido. De los norteamericanos, insisto, porque de los otros se habló poco. Que eran malos, que solo los peores, los asesinos y los psicópatas, habían conseguido llegar a la gran potencia para cometer crímenes sin nombre. Eran malos, insistía el presidente, rubicundo, henchido de honor patrio, repitiendo una y otra vez que su país por fin volvía a llevar el orden al mundo, a acabar con las drogas, adalid de la libertad, señor de la democracia.

Luego, por fin, apareció el expresidente detenido. Y las redes, que ya estaban calentitas, empezaron a arder. Parecía que criticar la intervención militar era estar de parte de Maduro, de Chaves o del diablo. Como si criticar la invasión de Irak fuera equivalente a apoyar a Sadam Hussein y sus crímenes. Parecía una película, pero no lo era. Bienvenidos al 2026, dijo el secretario de guerra. No pararemos aquí, repitió el presidente. Y yo me acordé de Cortina de humo, esa película en la que un presidente en horas bajas se inventa una guerra para recuperar popularidad. Y volví a verla anoche. Pero esto no era una obra de ficción, era un aviso, una advertencia, una amenaza, un matón en cuyo patio de colegio todos estaremos obligados a jugar a su manera si no queremos ser sus víctimas.

Pilar Galán es escritora y profesora

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