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Opinión | Encerado y clarión

El Príncipe y Nicolás

El debate actual oscila entre dos extremos, intervenir y ser acusado de imperialismo, o no hacerlo y cargar con la sospecha de complicidad

Maquiavelo

Maquiavelo / EL PERIÓDICO

Sí, pero Nicolás Maquiavelo, el que escribió El Príncipe hace más de quinientos años y que, aun así, su sombra sigue proyectándose sobre la política contemporánea. No porque sus tesis sean nuevas, sino porque algunos dirigentes parecen recurrir a ellas como si se tratara de un manual de urgencia, lectura rápida, subrayado selectivo y conclusiones cómodas. Se rescatan la fuerza, la astucia, el miedo como herramienta y la eficacia como argumento. El resto, el contexto, la advertencia implícita, la responsabilidad que subyace al ejercicio del poder, suele quedar relegado a un segundo plano.

Conviene recordar que Maquiavelo no escribió para justificar el poder, sino para describirlo tal como funciona. Su intención no era ofrecer coartadas morales, sino exponer la lógica, a menudo descarnada, de la política real. El problema aparece cuando el análisis se convierte en excusa, y la descripción en autorización. Entonces, en nombre del realismo político, la seguridad nacional o la estabilidad, se normalizan decisiones que deberían seguir siendo excepcionales.

Dicho esto, resulta imprescindible introducir una dosis de prudencia. Los ciudadanos observamos los acontecimientos desde fuera, con información fragmentada, relatos interesados y silencios estratégicos. Desconocemos los detalles diplomáticos, las negociaciones previas, las presiones cruzadas y los escenarios que nunca llegan a hacerse públicos. Juzgar sin ese contexto completo puede ser tan arriesgado como aceptar sin reservas cualquier versión oficial.

Ahora bien, ejercer el poder desde una autoridad mal distribuida; es una maquinaria constante de sufrimiento cotidiano. Hambre administrada, miedo dosificado, dignidad racionada. Esa realidad existe al margen de los debates teóricos y no desaparece porque el análisis geopolítico la considere un daño colateral.

En definitiva, el debate actual oscila entre dos extremos, intervenir y ser acusado de imperialismo, o no hacerlo y cargar con la sospecha de complicidad. Probablemente Maquiavelo observaría la escena con distancia crítica, consciente de que el cinismo no distingue bandos. Ni entre quienes intervienen apelando a principios universales, ni entre quienes condenan unas acciones mientras toleran otras según convenga y según quiénes.

Mientras tanto, hay ciudadanos que pasan hambre. Mientras se diseñan estrategias, hay familias que hacen colas interminables para conseguir alimentos básicos. Mientras se decide quién debe caer y bajo qué condiciones, hay presos políticos que no figuran en los informes, cuerpos marcados por la tortura y silencios que no encuentran espacio en los discursos oficiales. Ese sufrimiento no aparece en El Príncipe, pero debería estar presente en cualquier reflexión política contemporánea.

Conviene no olvidar que la fuerza puede derribar gobiernos, pero no llena estómagos ni repara heridas. La legitimidad —esa palabra incómoda— no se impone ni se exporta; se construye o no se construye. Y ahí reside el verdadero dilema. No en celebrar o no la caída de un dictador, algo comprensible en términos morales y políticos, sino en la forma en que esa liberación se articula.

Quizá el problema no sea Maquiavelo, sino sus lectores parciales. Aquellos que lo invocan para explicar el golpe, pero no para asumir las consecuencias. Los que confunden gobernar con ganar y olvidan que ejercer el poder también implica responder y corresponder.

Saturnino Acosta García es maestro

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