Opinión | Encerado y clarión
Mi reino por ochenta euros

Una profesora en el aula.
El Consejo de Gobierno de Extremadura ha decidido cumplir su palabra. Y eso, en los tiempos que corren, ya roza la épica administrativa. Ochenta euros más en la nómina docente. Ochenta. Redondos, oficiales, anunciados con gesto solemne.
Cumplir, han cumplido. Conviene decirlo, porque reconocer lo evidente también es una forma de honestidad. Otra cosa muy distinta es confundir cumplir con compensar, cumplir con homologar o cumplir con dignificar. Porque ochenta euros no son doscientos, ni se aproximan por el carril lento a los trescientos que algunos llegaron a calcular con entusiasmo electoral y memoria selectiva.
Ochenta euros no son una cifra, son un suspiro administrativo. Una palmada en la espalda con guante de látex. Llegan a la nómina como la lluvia fina: sin ruido, sin épica y sin capacidad real de calar hasta los huesos. No cambian la vida, no enderezan la cuesta, no pagan el cansancio. Pero traen algo más peligroso, la tentación de la gratitud.
Mientras tanto, la comparación sigue siendo tan incómoda como necesaria. En otras comunidades los salarios docentes se refuerzan con complementos, sexenios mejor pagados, carrera profesional o conceptos que aquí ni se conocen ni se esperan.
Ochenta euros son una mejora, como lo fue el plato de lentejas de Esaú. Caliente, modesto y oportuno. Suficiente para el hambre inmediata, insuficiente para la dignidad a largo plazo
Cada mañana entran en las aulas docentes con ojeras de vocación, mochilas llenas de informes y la voz medida para no quebrarse delante de treinta miradas que lo esperan todo. Profesionales que sostienen la escuela pública con el mismo material con el que se sostienen las cosas importantes, tiempo personal, salud prestada y paciencia infinita. Ochenta euros no suplen las horas que cada vez más se nos exige, robar a la familia, no pagan la ansiedad convertida en normalidad, no compensan la burocracia que devora más energía que enseñar ni devuelven el respeto perdido.
Ochenta euros son una mejora, como lo fue el plato de lentejas de Esaú. Caliente, modesto y oportuno. Suficiente para el hambre inmediata, insuficiente para la dignidad a largo plazo. La Biblia no lo cuenta como anécdota, sino como advertencia: hay ventas que se hacen sin contrato y se pagan sin recibo. Esaú comió, sí, pero a cambio de un reino.
El problema no es el plato. El problema es que nos lo sirvan como banquete. Que una mejora se anuncie como logro y no como obligación convierte el salario en relato. Y cuando la mejora se mide en supervivencia y no en justicia, el salario deja de ser salario y pasa a ser limosna presupuestada.
Aceptar no es celebrar. Cobrar no es callar. Y mejorar no es conformarse. Porque hay ochenta euros que no son una subida, sino una prueba: la prueba de cuánto más se puede estirar la vocación sin que se rompa. Hay docentes que no protestan porque están demasiado ocupados sobreviviendo. Y hay cansancios que ya no hacen ruido.
La escuela pública extremeña no necesita gestos. Necesita respeto. Y el respeto, como la dignidad, no se mide hoy en ochenta euros. Porque quien cree que todo esto se compra tan barato corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que hay cosas que, cuando se rompen, ya no se arreglan con ninguna nómina.
Las lentejas están buenas. Nadie lo discute, pero donde el salario se conforma, la dignidad ayuna.
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