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Opinión

La tierra, la familia y la economía invisible

Hay que rediseñar las finanzas para que respondan a las necesidades de la sociedad

Un ama de casa

Un ama de casa / SILVIA SANCHEZ FERNANDEZ

Durante siglos se asumió que los recursos de la Tierra eran prácticamente inagotables. La teoría económica clásica sostenía que, ante la escasez de un recurso, su precio aumentaría, promoviendo un consumo más moderado y la aparición de alternativas. Este razonamiento justificaba la sustitución de bienes escasos y caros, como el oro o los diamantes, por otros más accesibles, como la bisutería. Al mismo tiempo, la familia era considerada únicamente como un proveedor de trabajo y capital, sin atención a la distribución interna de ese trabajo. Las tareas domésticas, mayoritariamente desempeñadas por mujeres, fueron invisibilizadas durante generaciones, sin reconocerse su peso real en la economía.

La evolución del pensamiento económico ha ampliado el enfoque. Hoy, la Tierra se entiende como un sistema cerrado que recibe energía del sol y funciona como fuente de recursos y sumidero de desechos. La economía se desarrolla dentro de la biosfera, extrayendo materias primas y devolviendo residuos, lo que plantea tensiones crecientes ante la explotación intensiva y el deterioro ecológico.

A pesar de que en el siglo XVIII los fisiócratas ya identificaban la Tierra como fuente de valor económico, el desarrollo posterior de la economía la relegó a un segundo plano, priorizando trabajo y capital. Esta visión dejó fuera elementos fundamentales que sostienen el sistema económico: el entorno natural y el trabajo no remunerado en el ámbito familiar.

Incluir a la Tierra y al trabajo doméstico no remunerado en el análisis económico representa un paso decisivo hacia una economía más realista, equitativa y sostenible. Rediseñar las finanzas para que respondan a las necesidades de la sociedad y no solo al mercado es ya una cuestión estructural

El crecimiento demográfico y la presión sobre los recursos han dado lugar al paradigma de la economía ecológica. Esta corriente subraya los límites físicos del planeta, tanto en su capacidad para regenerar recursos como para absorber los desechos que genera la actividad económica. Hoy, la energía que impulsa el sistema proviene en parte del sol y el viento, en parte de cultivos recientes y en parte de reservas fósiles acumuladas durante milenios.

Este nuevo marco también ha cuestionado el tradicional diagrama del flujo circular de la economía, que describía a los individuos como trabajadores, consumidores y propietarios de capital. La realidad es más compleja. El sistema económico se estructura también en torno a las familias, al Estado, al mercado y a los bienes comunes. Cada uno de estos componentes sostiene funciones clave en la vida económica, más allá del intercambio monetario.

Uno de los aspectos más ignorados ha sido el trabajo no remunerado, especialmente el desarrollado dentro de los hogares. Este trabajo invisible resulta esencial para el funcionamiento cotidiano de la sociedad. Estudios como el realizado en Suiza en 2002 estimaron que el valor económico de estas tareas superaba los salarios del conjunto del personal remunerado. Una encuesta en Estados Unidos, en 2014, cifraba el valor económico del trabajo doméstico de una madre en unos 120.000 dólares anuales.

Incluir a la Tierra y al trabajo doméstico no remunerado en el análisis económico representa un paso decisivo hacia una economía más realista, equitativa y sostenible. Rediseñar las finanzas para que respondan a las necesidades de la sociedad y no solo al mercado es ya una cuestión estructural.

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