Opinión
Diarios de conquista
A quien nos haya enseñado a cómo ser pueblo, habrá que exigirle explicaciones

Gaza bombardeada
Ayer se llevaron al Presidente. Y no, por la tarde, no fui a nadar. Tampoco me quedé en casa, con la cabeza bajo el suelo, o soportando el peso de los muebles sobre la espalda. Así lo anunciaban por cualquier torrente de información que desembocaba en la punta de cualquier dedo, algo como prepararse para lo peor que vienen tiempos convulsos. Las últimas semanas se ha metabolizado más de lo que permite la capacidad humana, tan perfeccionada durante millones de años de evolución, para acabar por colapsar en los últimos instantes. Nadie sabe realmente cuántos presidentes van ya, cuántos han sido secuestrados por los costosos helicópteros negros, ni quién puede ser el siguiente. Desde abajo, a pie de calle, daba la impresión de estar en el umbral del nuevo mundo, algo digno de guerras interestelares, con espectáculos de artificio a distintas alturas, por todas partes, una violencia visual y acústica que normalmente pasa desapercibida en las películas de ficción. Ya habían imaginado el futuro por nosotros, y lo han llevado al pie de la letra, palabra por palabra, tal y como consta en sus diarios de conquista. ¡Abuela, mira, salimos en los libros de historia!
Las ordenanzas fluyen de arriba a abajo, los ruegos de abajo a arriba. Eso tampoco ha cambiado. Lo nuevo, lo viejo, en fin, lo decidirá quién cuente nuestra biografía. Lo que se quede atrás perderá su nombre o su sentido, aunque no habrá ojos para comprobarlo, o para plantearse ninguna disertación metafísica de última hora
Elba, Santa Elena y Mar-a-Lago. Así de cutre. Vuelven las reencarnaciones imperiales más explícitas, si alguna vez se han ido. También los señores feudales, que tampoco se han acabado nunca de ir. Los engranajes, las bielas, los resortes, se escucha como mueven millones de (no tan) costosas botas negras en dos tiempos, esas que aran los campos y siembran cuerpos. Comisarios detrás de todas las esquinas, siguiendo asépticamente las cadenas de mando, mantienen con vida una de las últimas reglas del viejo mundo. Las ordenanzas fluyen de arriba a abajo, los ruegos de abajo a arriba. Eso tampoco ha cambiado. Lo nuevo, lo viejo, en fin, lo decidirá quién cuente nuestra biografía. Lo que se quede atrás perderá su nombre o su sentido, aunque no habrá ojos para comprobarlo, o para plantearse ninguna disertación metafísica de última hora.

Ilustración de Trump usando el mundo como bola de jugar al golf / P. Garcia
Mañana, en la batalla, no pienses en mí. No estaré allí. Tenemos que preparar un nuevo guion, y ya podemos empezar, más vale. Hay que dejar de ir a la piscina. Por lo menos, salir a la calle, pisar la tierra y mirar los rastros de humo, y prestar atención a los lamentos y las botas. Al menos eso. Los millones de años de evolución harán el resto, deben servir para algo, no puede acabar todo así y de esta manera. La pulsión autobiográfica puede salir a relucir en cualquier momento, desde muchas manos a la vez, desde muchos dedos organizados de forma autónoma. Y si es el viejo o el nuevo mundo, o si otros mundos son posibles, ya lo decidiremos nosotros, cuando imaginemos el futuro en nuestros diarios. Lamentamos haber llegado a este punto. A quien nos haya enseñado a cómo ser pueblo, habrá que exigirle explicaciones. Pero cuando acabe todo esto, ahora hay mucho que hacer.
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