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Opinión

Leopoldo en Cáceres hacia el verano de 2004

Llevaba años durmiendo en la entrada de un garaje del número 6 de la avenida Virgen de Guadalupe

Una persona sin hogar.

Una persona sin hogar. / Rafa Arjones

El trato con su primo Serafín era abrir el bar muy temprano y, quizás, por fin, despachasen más de 250 cafés y más de 300 copas. Esa mañana le había costado despertar. Llevaba años durmiendo en la entrada de un garaje del número 6 de la avenida Virgen de Guadalupe. El dolor de espalda, la artrosis de la rodilla derecha y el frío progresaban pero eran familiares. Sin embargo, algo había cambiado, una mal presagio acechaba. Desde hacía varios meses, tenía el mismo sueño: Estaba sentado en el umbral de piedra del palacio de la Isla. La espalda apoyada en los listones verticales de madera del portón. Delante de él, comenzaban a desfilar hombres y mujeres en columnas de a siete hacia la plaza de la Concepción y continuaban por la calle Santo Domingo. En pocos segundos no se veía el principio ni el final. Las mujeres vestían de dorado y los hombres de blanco. Algunas mujeres abrazaban ramos de flores: rojas, moradas, rosas con sus tallos verdes. Nadie le miraba. Leopoldo no recordaba haber estado tan inquieto. Ni siquiera cuando era médico y operó a su hija. Ella murió durante la intervención y sus colegas médicos comenzaron a conspirar contra él. Las enfermeras y los celadores lo vigilaban. Incluso su mujer y su otra hija de doce años lo espiaban. Solo en las carreras de galgos y en las tragaperras se sentía a salvo. Tuvo que dejar el hospital, su casa, lo que le quedaba de familia y su ciudad.

Leopoldo no recordaba haber estado tan inquieto. Ni siquiera cuando era médico y operó a su hija. Ella murió durante la intervención y sus colegas médicos comenzaron a conspirar contra él. Las enfermeras y los celadores lo vigilaban. Incluso su mujer y su otra hija de doce años lo espiaban. Solo en las carreras de galgos y en las tragaperras se sentía a salvo. Tuvo que dejar el hospital, su casa, lo que le quedaba de familia y su ciudad.

Sacudió su frondosa y gris barba de lado a lado para liberar aquellos recuerdos. Se puso su abrigo largo, de color indefinido por la suciedad acumulada, abotonado hasta el cuello y se caló el gorro impermeable azul a pesar de ser verano. Desayunó en el bar de siempre y deambuló por Gil Cordero, Santa Joaquina de Vedruna y Gómez Becerra. Descansó en plaza de América. Más tarde, en Cánovas, se desnudó hasta quedar en calzoncillos y metió el resto de la ropa, excepto el abrigo y el gorro, en una bolsa de supermercado con agua y la centrifugó manualmente. Mientras tomaba el sol esperando a que la ropa secase, examinó su fiel bicicleta roja y pensó en Dios.

Comió donde siempre y por la tarde se refugió del calor en los soportales de la calle San Antón. Dos mujeres interrumpieron su siesta. Una de ellas rondaba la cuarentena, la otra no tenía más de veinte años pero, por algún motivo, la mayor parecía joven y la joven parecía vieja. Ambas vestían falda holgada gris marengo hasta los tobillos y una blusa blanca arremetida. Zapatos negros de tacón bajo sin cordones. La mayor joven llevaba una diadema a juego y la joven mayor unas gafas redondeadas de alambre plata.

La mayor joven comenzó: Leopoldo, somos dos voluntarias al servicio de Dios y la Iglesia. Llevamos tiempo queriendo hablar con usted. Nos gustaría oír tu historia, ayudarte con tus necesidades, aliviar tu dolor y compartir una oración. Tras esto, la joven mayor, con impaciencia, preguntó: ¿Has pensado alguna vez en cambiar de vida? ¿En unirte a tus hermanos y hermanas en el Misterio de Dios?

Por aquel entonces, era el verano de 2004 y Leopoldo abandonó Cáceres sin dejar rastro.

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