Opinión | Con permiso de mi padre
Paciencia en las carreteras: el campo habla

Tractorada del pasado viernes en Extremadura. / EL PERIÓDICO
El campo siempre protesta tarde y mal, dicen. Lo dicen desde los despachos con moqueta, desde los platós con tertulia y café de cápsula, desde esa comodidad urbana que solo ve un tractor cuando atasca la autovía camino del centro comercial. El campo, sin embargo, lleva años tragando en silencio hasta que un día decide plantarse. Y cuando se planta, corta carreteras, no frases hechas.
Hay algo profundamente incómodo en ver miles de tractores avanzando a paso de tortuga, ocupando lo que normalmente ocupan los coches con prisa. Incomodan porque recuerdan que detrás de cada ticket del súper hay un nombre, una familia, una hipoteca y muchas noches de insomnio mirando al cielo, no al Ibex. Incomodan porque desmontan el relato confortable de una Europa verde y justa que firma tratados comerciales con la misma facilidad con la que luego organiza cumbres sobre la España vaciada.
Durante años se ha hablado del campo como si fuera un paisaje. Algo que se fotografía al atardecer, se promociona en folletos de turismo rural y se reivindica en los mítines cuando toca hablar de raíces y orígenes. Pero el paisaje ha decidido alzar la voz. Y, qué curioso, cuando lo hace ya no es paisaje: es conflicto, presión, lobby, cortes intolerables. La misma mano que aplaude a la granja sostenible en Instagram se indigna cuando esa granja, y las que se le parecen, exigen reglas del juego mínimamente justas.
Porque de eso va, en el fondo, este conflicto agrario: de reglas del juego. De competir con productos que llegan de fuera sin las mismas exigencias sanitarias, laborales o medioambientales que se piden aquí. De soportar una burocracia que convierte cada ayuda en una carrera de obstáculos. De vivir pendiente de una PAC, que no es un lujo sino una compensación mínima, que se escribe en despachos lejanos, en los que Extremadura es una nota a pie de página, no un rostro concreto. Y de sentirse, demasiadas veces, culpable por producir, como si alimentar a un país fuera una actividad sospechosa.
Luego están los discursos. Los de quienes descubren el campo cada cuatro años y corren a hacerse fotos entre ovejas y olivos. Los de quienes proclaman “defender al agricultor y al ganadero” mientras firman, sin despeinarse, acuerdos que les dejan vendidos en nombre de una globalización de saldo. Y también los de quienes han encontrado en el cabreo rural una vía rápida para capitalizar votos, agitando la indignación pero sin ofrecer soluciones más allá del grito.
El riesgo es evidente: que el campo pase de sentirse ignorado a sentirse utilizado. Utilizado por unos para llenar telediarios, por otros para llenar mítines y por casi todos para llenar discursos vacíos sobre la “España real”. La realidad, entretanto, es mucho más sencilla y más dura: números que no salen, gasoil que no perdona, precios que no cubren costes, jóvenes que miran la explotación familiar como quien mira una herencia envenenada. Hay que ser un simple para creer que entregando fincas para explotar a los jóvenes se va a parar el abandono generacional; los agricultores y ganaderos quieren precios justos y protección, no planes improvisados y titulares sensacionalistas. El campo se abandona por falta de turno, no de tierras.
Quizá por eso las imágenes de carreteras colapsadas incomodan tanto. Porque obligan a preguntarse qué parte de razón tiene quien decide dejar de ser decorado y se convierte, por fin, en sujeto político y protagonista de su propia historia. Y porque recuerdan una verdad incómoda: que el campo sólo molesta cuando se mueve, pero sin él, el país entero se detendría. El ruido de esas bocinas no es simplemente protesta. Es, también, un aviso: no se puede vivir eternamente de espaldas a quienes nos dan de comer.
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