Opinión | Nueva sociedad, nueva política
El dominicano Julio Iglesias
¿Presunción de inocencia o presunción de riqueza?

Julio Iglesias y Vaitiare
En «Desmontando a Harry» (Woody Allen, 1997), el personaje interpretado por Robin Williams aparece desenfocado. No es que le veamos desenfocado: él está realmente desenfocado. El filme cuenta la historia de un escritor en crisis al que visitan todos sus fantasmas, y el personaje fuera de foco metaforiza al artista en su ocaso, desconectado de la realidad.
Julio Iglesias, que cuenta con una fortuna superior a los 600 millones de euros, obtuvo la nacionalidad dominicana hace más de veinte años. En aquella república los ingresos obtenidos fuera del país están exentos de impuestos. Hay hasta 15 años de beneficios fiscales para propiedades turísticas. En las transacciones inmobiliarias los impuestos son 0%-3%. Los bancos no participan del sistema bancario de la OCDE, no informan automáticamente sobre sus cuentas. Si Iglesias tributara aquí, aportaría al bienestar de los españoles 2,5 millones de euros al año; allí, medio millón a los caribeños.
El dominicano Julio Iglesias, recluido hace un lustro en su «triángulo de las Bermudas» (Punta Cana-Bahamas-Miami), tiene abiertas diligencias preprocesales en la Audiencia Nacional por cuatro delitos: agresión sexual, acoso sexual, trata de seres humanos con fines de servidumbre y trabajo forzado, y lesiones y violaciones de derechos laborales. La acusación no incluye solo, como se quiere hacer ver, los testimonios de dos mujeres, sino a la organización Women’s Link Worldwide (la denunciante) y dos medios de comunicación (el español elDiario.es y el estadounidense Univisión) que han investigado durante tres años testimonios de quince ex empleados, fotografías, grabaciones, mensajes de texto, registros telefónicos, informes médicos y abundante documentación laboral.
Quizá la cruzada más interesante fue la de Ana Obregón: por repugnantemente machista y clasista, por provenir de alguien que se compró una niña nacida en el vientre de una mujer cubana, y a la que en diciembre se relacionó con el pederasta Jeffrey Epstein, que ayudó a su familia en los años 80 a recuperar fondos perdidos en inversiones internacionales. Si el nivel moral de tus defensores marca el tuyo, estamos desmontando a Iglesias como algo más que un artista en su ocaso
Al día siguiente de conocerse la noticia en España, algunos de sus célebres amigos se conjuraron para defenderle mediáticamente. Quizá la cruzada más interesante fue la de Ana Obregón: por repugnantemente machista y clasista, por provenir de alguien que se compró una niña nacida en el vientre de una mujer cubana, y a la que en diciembre se relacionó con el pederasta Jeffrey Epstein, que ayudó a su familia en los años 80 a recuperar fondos perdidos en inversiones internacionales. Si el nivel moral de tus defensores marca el tuyo, estamos desmontando a Iglesias como algo más que un artista en su ocaso.
España es un país extraño, donde mucha gente aplica presunción de culpabilidad a inmigrantes que llegan para trabajar donde no quieren los españoles, tributando igual que nosotros, y, a la vez, los multimillonarios acusados, que no dejan aquí ni un euro, encuentran rápidamente una égida cerrada de miles de españoles que salen en tromba a invocar su presunción de inocencia.
Es muy fácil saber qué ocurriría si el acusado de esos cuatro delitos no fuera Julio Iglesias, sino un inmigrante dominicano pobre. No es presunción de inocencia. Es presunción de riqueza. Y toneladas de hipocresía.
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