Opinión | Desde el umbral
Mesura
Los grupúsculos ruidosos arman mucho jaleo y, sin embargo, esa otra parte mayoritaria de la sociedad es más discreta y comedida, cuando no silenciosa

Donald Trump / EUROPA PRESS
Vivimos un tiempo en que la templanza ha dejado de ser considerada como una virtud a imitar para pasar a ser señalada por no pocos como un defecto, una falla, una carencia o tara del ánimo contraria al liderazgo y opuesta a la capacidad para tomar decisiones. Ahora, la bravuconada, el puño sobre la mesa y el griterío han pasado a contemplarse como rasgos o muestras de fortaleza y claridad de ideas. La serenidad y la capacidad de reflexión se asocian a la debilidad de carácter. Y se enaltecen las reacciones apresuradas, la incontinencia verbal, la ausencia de filtros, la ansiedad y el vivir en un estado permanente de alerta que lleva a reaccionar de manera acelerada a todo y a opinar sobre todo. Se ha llegado a usar la mesura para insultar, a la voz de “moderaditos” o “tibios”, a quienes demuestran practicarla sin complejos. Y esto no tiene nada que ver con ese emplazamiento a hacer las cosas de corazón, al compromiso, a la sinceridad y a la pasión auténtica a los que se exhorta en el Apocalipsis 2:1-16. Muy al contrario.
El péndulo de la Historia se balanceará inevitablemente. La cuestión es cuánto tardará en oscilar y devolver un poco de cordura y rigor a la conversación pública
En realidad, tiene más que ver con las apariencias, con falsas imágenes públicas y con la impostura de quien dice una cosa y practica otra muy distinta en el ámbito de lo privado. Y, también, con el dominio del arte de los encantadores de serpientes o de aquellos que tienen una habilidad natural para subirse a las olas e incluso para sortear o surfear los cambios de corriente logrando avanzar siempre con el viento a favor. El universo paralelo de las redes sociales deja entrever un espejismo que puede conducir a la gente a pensar que la inmensa mayoría se siente cómoda en esa sociedad de proclamas, verdades absolutas, juicios sumarísimos, hiperventilación y cojonudismo.
Pero la inmensa mayoría de la sociedad no está ahí. Lo que ocurre es que los grupúsculos ruidosos arman mucho jaleo y, sin embargo, esa otra parte mayoritaria de la sociedad es más discreta y comedida, cuando no silenciosa. Porque, o bien está a sus cosas y vive imbuida en los asuntos del día a día y no tiene tiempo ni ganas para andar todo el día navegando, opinando, manifestándose o mostrando falsa o auténtica indignación por cualquier asunto, tema, debate o acontecimiento que surja o se produzca, o bien se pronuncia y manifiesta, efectivamente, pero rehuyendo los berridos, los maximalismos, los autos de fe y las exigencias doctrinales de unos u otros. Al margen de lo que ocurre hoy, en este presente un tanto abracadabrante en que el ruido y confusión lo distorsionan todo, tengo para mí que no tardará en llegar el día en que volverán a elogiarse las virtudes de la mesura y la templanza, tanto en el sentido en que la entendían los filósofos griegos como en el que lo hacían los pensadores de la tradición cristiana. Porque no es sostenible que una sociedad acabe dejándose arrastrar, de manera definitiva o por un periodo de tiempo demasiado prolongado, por corrientes que empujan el ánimo hacia la ferocidad, el ensoberbecimiento, la falta de contención, la ausencia de dominio sobre el propio ser, la servidumbre de las bajas pasiones y hacia todo aquello que atenta contra la razón, contra el autocontrol y la capacidad de tener una mirada lo suficientemente amplia como para dudar y no sentirse con más derechos que nadie o como para no creerse en posesión de la verdad absoluta. El péndulo de la Historia se balanceará inevitablemente. La cuestión es cuánto tardará en oscilar y devolver un poco de cordura y rigor a la conversación pública.
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