Opinión | Textamentos
Los nuevos viejos tiempos

La Guardia Civil inspecciona los bajos de uno de los trenes siniestrados. / Europa Press
Un amigo de mi edad me decía días atrás que pronto se acabará el mundo tal como lo conocemos. En mi opinión, ese mundo ya no existe. Esperar turno en casa de los padres para hablar por teléfono, escribir y recibir cartas manuscritas enviadas por correo ordinario, o perdernos en un viaje torpemente socorridos por un mapa de carretera son escenas que pertenecen a tiempos pretéritos, enterrados hace mucho.
En la nueva era lo digital ha sustituido a lo analógico, lo remoto a lo presencial y lo hiperdefinido a lo incierto. Las casetes antediluvianas son ahora audios en la nube, los dos canales televisivos han dejado paso a 200 plataformas y miles de series, y en muchas ocasiones hemos renunciado a trabajar en la oficina para hacerlo desde casa, en pijama… Los tiempos no están cambiando, como cantaba Bob Dylan echando mano del gerundio: hace mucho que cambiaron, y nosotros con ellos.
Si hay algo que no ha cambiado en absoluto es nuestra fragilidad e impotencia ante la tragedia. Por mucho que evolucionemos social y tecnológicamente, por mucho que nos creamos demiurgos en la cima de la modernidad, aún somos esos homo sapiens de Atapuerca susceptibles de fallecer en cualquier momento por culpa de un catarro
Pero si hay algo que no ha cambiado en absoluto es nuestra fragilidad e impotencia ante la tragedia. Por mucho que evolucionemos social y tecnológicamente, por mucho que nos creamos demiurgos en la cima de la modernidad, aún somos esos homo sapiens de Atapuerca susceptibles de fallecer en cualquier momento por culpa de un catarro. Ahí está, a modo de triste ejemplo, el último accidente ferroviario, en Adamuz, que se ha cobrado la vida de al menos cuarenta personas, por no hablar de las decenas de heridos, un drama provocado, al parecer, por un fallo evitable en la soldadura de la vía.
Podremos hacer viajes interplanetarios, crear inteligencia artificial que razone y ejecute tareas complejas, realizar cirugías cardíacas tele-asistidas mediante robots, y fabricar coches autoconducidos, pero no podemos librarnos de morir en un acantilado en pleno selfie, por limpiar una ventana en una posición arriesgada o, como es el caso, por un fallo mecánico en el carril del tren.
Vivimos de forma diferente, pero morimos como siempre.
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