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Opinión | Encerado y clarión

Cuando ganar es perder poder adquisitivo

Las cifras no mienten, pero se prestan a la prestidigitación

Profesores en un recreto con alumnos.

Profesores en un recreto con alumnos. / Efe

Más de uno se acordará de aquella famosa adivinanza: ¿De qué puedo llenar un saco para que pese menos? Respuesta, de agujeros. Trasladen ustedes ese mismo razonamiento a la subida anual del 2,5% vendida con loa y pompa en exclusividad con la subida del 2,9% del IPC. Sí, han llenado nuestros bolsillos, pero de agujeros, concretamente un 0,4% de agujeros más, y suma y sigue.

Las cifras no mienten, aunque para algunos sí que se prestan a la prestidigitación. El IPC se ha situado en el 2,9%. Dato frío, oficial, incontestable. Frente a él, la subida pactada para 2025 fue del 2,5% y para 2026 se anuncia un modesto 1,5%, justo cuando todos los augurios económicos apuntan a que volveremos a rebasar, otra vez, el umbral del 2,5%. Matemática sencilla, perdemos hoy, perderemos mañana y seguiremos perdiendo pasado mañana, aunque llenando nuestros bolsillos, sí, pero de más agujeros.

Hay quien se envuelve la subida como si fuera un tapiz bordado a mano, histórico, excepcional, casi épico. Un acuerdo que, según se proclama con orgullo, solo es posible gracias a quienes se sientan en determinadas mesas, en determinados despachos, bajo determinadas siglas. El resto, dicen sin decir, ni nombrar, somos comparsa; sindicatos sectoriales, poco menos que figurantes del sindicalismo ilustrado.

La escena es conocida, fanfarria, titulares grandilocuentes y un discurso que a la voz de su amo confunde, negociación con resignación y éxito con conformismo. Porque llamar «gran acuerdo» a seguir perdiendo poder adquisitivo dos años más seguidos requiere, además de valor, una notable flexibilidad semántica.

Para algunos, cuando la historia estorba, se reescribe. Y así, mientras unos se adjudican la exclusividad de los éxitos, necesitan imperiosamente difuminar a los sindicatos sectoriales en el relato, como si nunca hubiéramos estado allí, como si la educación fuera una nota a pie de página dentro de un acuerdo marco para renegociar con muchos otros colectivos y sectores, para llenar los bolsillos de todos y según el sector, de más agujeros que a otros

Conviene recordar, aunque a algunos les incomode, que muchos de los derechos que hoy se exhiben como trofeos propios, no nacieron en salones ministeriales de moqueta gruesa, sino en mesas sectoriales, a veces incómodas, a veces ásperas, pero siempre pegadas a la realidad del aula. El cobro del verano con 165 días para el profesorado interino no cayó del cielo ni fue una concesión graciosa del sistema, fue fruto de la negociación sectorial, nuestra negociación sectorial en solitario con el Ministerio. Los sexenios que hoy se dan por sentados tampoco aparecieron por generación espontánea, pusimos nosotros el acento docente, junto con otros dos sindicatos de clase, pero precisamente con la ausencia de quien vende como victoria las derrotas.

Para algunos, cuando la historia estorba, se reescribe. Y así, mientras unos se adjudican la exclusividad de los éxitos, necesitan imperiosamente difuminar a los sindicatos sectoriales en el relato, como si nunca hubiéramos estado allí, como si la educación fuera una nota a pie de página dentro de un acuerdo marco para renegociar con muchos otros colectivos y sectores, para llenar los bolsillos de todos y según el sector, de más agujeros que a otros.

No, mire usted, el problema no es quién se sienta en la mesa, sino qué y quién se sirve en y de ella.

Los docentes deben empezar a defender a los docentes o solo quedarán en el saco, el papel timbrado de la administración, las direcciones de correo, la paquetería y algún supositorio, pero faltará lo más importante, la tiza. Al final, la realidad es tozuda, cuando el IPC vuela, hay algunos acuerdos que hacen que el salario cojee; y cuando el salario cojea, el docente gatea.

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