Opinión | Trazos y travesías
Tanta humanidad incontenida

Un celador transporta una camilla / Europa Press
Lo que más me inquieta ante una cita inminente con un especialista es saber entrar la puerta correcta del hospital. Hay personas que parecen haber nacido con ese don. Otros, incluso son hábiles para zafar los controles de acceso escurriéndose por escaleras ocultas, como sacadas de una partida de Jumanji. A mí apenas me alcanza para forzarme a no posponer el encuentro. Cualquier día futuro me resulta más propicio.
Me resigno. Entro al laberinto limpia, resplandeciente, cargando un saco de músculos, huesos y tejidos dispuestos a exploración. Me invade el miedo a descubrir que alguno ha sufrido un cortocircuito, o lo que es peor, a que me hagan daño. Nadie camina voluntariamente hacia el dolor; salvo si es para lucir un nuevo tatuaje, pero ese es otro asunto. Después de pasar por boxes, seguir de una pieza y a la espera de que mi médica de cabecera me comunique si me quedan más vidas o no, suelo hacer lo mejor que se puede hacer cuando se sobrevive: desayunar.
La cafetería está abarrotada de personal sanitario. Esta última vez les observé, más que por curiosidad, por falta de otras perspectivas. Algunos veían reels ensimismados, jovencísimos. Los más mayores engullían con parsimonia una tostada poco saludable, solos y aislados, mirando a un punto fijo de la pared aséptica, indiferentes al ruido. Otros, en corrillo, se repantingaban en las sillas comprometiendo sus columnas vertebrales, como si se hubieran caído de un quinto. Algunos reían, imagino que inmunizados a los diagnósticos que habrían dispensado durante el servicio.
Dentro de un hospital, los pacientes volvemos a ser los niños que fuimos. Esperamos magia mezclada con contención y rigor científico
Apuré el café de un golpe. En el trayecto hacia el carrito donde se depositan las bandejas, choqué con una pediatra de bata infantil, toda adornada de muñequitos felices en tonos pastel. Sostenía un paquete de tabaco en la mano, que no se movió, y ojeras de a kilo. Salía a fumar. Pensé que ojalá se acordara de lavarse las manos y enjuagarse la boca luego de satisfacer el vicio.
Dentro de un hospital, los pacientes volvemos a ser los niños que fuimos. Esperamos magia mezclada con contención y rigor científico. Yo ahora también quiero espacios separados, donde los pacientes podamos desayunar tranquilos, siendo lo quejumbrosos que podamos llegar a ser, ahogando nuestros diagnósticos en caldos calientes o enjuagando el alivio en alguna lagrimilla. Los sanitarios deberían reponer energías en su propia cafetería sin traicionar al imaginario colectivo. Seguir ejerciendo de superhéroes ejemplares que nos salvan de todas, a pesar de sus inhumanas horas de guardia y de nosotros mismos.
Una parte de mi inocencia médica murió en aquel maremágnum de cuerpos desgarbados, miradas perdidas, deportivas sucias, risas descontroladas y pediatras que se intoxican enfundadas en batas infantiles. No pude soportar tanta humanidad incontenida.
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