Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Opinión

Vuelven Los Chunguitos

Espero que en esta España de lo políticamente correcto nadie se escandalice, porque sus canciones rezuman chabola, talego, droga, tabaco, alcohol y marginación

Los Chunguitos

Los Chunguitos / Efe

A Jesús Sánchez Jiménez

Los grandes toreros se apartan y cuando vuelven lo hacen por la puerta grande y qué más grande que la de la plaza de toros de Las Ventas. Ahí empezarán en febrero Los Chunguitos nueva gira, veinte años después de su última aparición conjunta y casi cincuenta años de su primer disco. Los Chunguitos, gitanos de lorquiana verde luna, hunden sus raíces en Badajoz para echar el tronco en el Vallecas madrileño y marginal de los sesenta. Emparentados con el gran cantaor Porrina de Badajoz, inmortalizado en la Plaza de la Soledad, con treinta álbumes editados, bandas sonoras del llamado cine quinqui y medio analfabetos, estos rumberos por excelencia (y mira que canta bien fandangos Juan), nos pusieron a bailar a los adolescentes de la transición hasta bien entrados los años noventa. No había fiesta popular ni programa de televisión que se preciase que no contase con ellos, y mira que se les daba mal lo del playback, con los hermanos Juan y José Salazar (Taíno) y su primo Manuel (Jere), que cubrió la muerte repentina del tercer hermano, Enrique, a finales de los 80.

Recordando ahora sus letras, espero que en esta España de lo políticamente correcto nadie se escandalice, porque sus canciones rezuman chabola, talego, droga, tabaco, alcohol y marginación, mucha marginación en esa España que intentaba desprenderse de la dictadura y que en el camino a la democracia se encontró con la droga asolando a buena parte de una generación. Pero Los Chunguitos son mucho más que eso; su esencia está en el amor, el desamor y la libertad sin medida. Se ama con todo y el desamor o la traición se sienten como la nada y con odio, sin llegar a la violencia que había en Los Chichos o en los guapitos del Mecano de Cruz de navajas, estos tan alejados de los trajes crecederos de Los Chunguitos.

La mujer es una posesión, la razón para vivir. Aquí no hay ni parejas abiertas, ni poliamor, ni hostias; hay cuernos sin más y duquelas. Y ese amor sin medida y ese dolor por la ruptura lo han cantado como nadie este trío y, como son sentimientos eternos, ellos se hacen eternos en 1977 y en 2026, como ocurre con su exaltación de la libertad, no solo la del preso, sino la libertad en todos los órdenes de vida, la decisión de decidir cada cual su camino y eso cuando en aquella España aún no se tenía nada claro si duraría mucho y que ahora sigue teniendo vigencia con tantas modernidades nos atenazan.

Ahora que tengo bastante de perro y mucho de callejero, si tuviese que quedarme aislado solo con dos cosas, me llevaría El Quijote y la discografía de Los Chunguitos, porque ahí, seguro, está lo importante de la vida. Y lo mismo me llevaba a mi primo, tan poco rumbero ni flamenco

Cuando Los Chunguitos vuelvan a subirse al escenario, espero que los defensores de la España del torrezno no sientan nostalgia de aquellos tiempos de la mujer tan ensalzada como atenazada y amordazada, de aquella España tan machista, pero también espero que los ecomoralistas que revisan los Simpson, los Teletubbies, Micky Mouse y hasta Ovidio, si lo hubiesen leído, no vengan ahora con jodiendas. Las letras de Los Chichos se hicieron cuando se hicieron y desde ahí hay que analizarlas. Eso sí, pocos negarán que cuando en 2019, en la gala de los Goya, Rosalía puso en escena Me quedo contigo, sentimos que nos estaban contando una gran historia de amor y de libertad, incluso nuestra historia.

Yo hice mi adolescencia escuchando a Los Chunguitos, pero, cuando los entendí en su profundidad, fue una noche de verano en Algeciras hace unos años en compañía de mi primo Jesús, que no me toca nada y es mi hermano, que dice Sabina de Serrat, y que yo nunca se lo he dicho, así que aprovecho. Jesús me llevó a un bar que se llamaba El emigrante y cuando ya no le cabía más güisqui se fue a su casa (siempre he admirado su resolución para desaparecer con dignidad pese a haberse bebido el manso) y allí que me quedé rodeado de gitanos dispuestos a que no me faltara un vaso de pacharán en toda esa noche que llegó hasta el amanecer. Ahí, un par de gitanos, acompañados por otra media docena de gitanos y gitanas haciendo coros, tiraron por Los Chunguitos y lo hicieron jaleados por su propia vida. Uno había salido de la cárcel esa tarde y el otro andaba así así con su mujer. Ahí entendí en su esencia a Los Chunguitos más allá de las ferias de pueblo. Por eso ahora que tengo bastante de perro y mucho de callejero, si tuviese que quedarme aislado solo con dos cosas, me llevaría El Quijote y la discografía de Los Chunguitos, porque ahí, seguro, está lo importante de la vida. Y lo mismo me llevaba a mi primo, tan poco rumbero ni flamenco.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents