Opinión | La curiosa impertinente
De salvaje a melifluo
Desde las lágrimas, la indignación y la exigencia de responsabilidades, los héroes anónimos nos redimen en la tragedia y nos señala que hay otro camino.

Rocío Muñoz
El ministro de Transportes ha mutado de salvaje a melifluo al paso del Iryo en menos que tarda un jovencísimo maquinista en frenar antes de chocar y morir ante otro tren que le descarrila enfrente. Puente ha vejado, culpado y bloqueado a todo el facherío patrio, con ocasión y sin ella, pero hoy ejerce de mesurado y humilde hasta con Jorge Bustos, ante el que afortunadamente evitó decir que él estaba bien, a lo Sánchez, pero no advertirle con voz jeremíaca, como pidiendo lástima¡para sí mismo!, de que llevaba muchas horas con la misma ropa entre Adamuz y Gelida y que no le quedaba pensamiento para pensar en su responsabilidad.
Como el ministro no ha dicho que las ruedas de los trenes son cuadradas, al modo zoquete de esa miembra televisiva de su secta más sectaria, la opinión acrítica o manipuladora se afana en convencer a quienes piden justicia de que hay que mantener con él la prudencia y equidad que el personaje desconoce, pero lo está consiguiendo con éxito perfectamente escaso.
Justo después del accidente, ya mostraba su jefe su ansia de ¡otra vez! ganar el relato aún con los cadáveres calientes. Así que, sin pudor advertía a los espantados españoles contra los bulos y que buscaran los canales autorizados. Uno de ellos, su televisión, distraía la atención de los televidentes con las maldades del franquismo pues este no es, ¡No!, queridos televidentes, el accidente más grave de nuestro ferrocarril, que hubo en la dictadura uno peor y Franco quiso ocultarlo, nos decía Pepa Bueno.
Ahora veremos lo de siempre. Tras cruce de informaciones incomprensibles y contradictorias, un funeral de Estado sin alma, al que llevaran a los reyes a hacer el paripé laico y unos gobernantes figurantes a los que, vista la ministra Montero a codazos por llegar junto a la reina pasándose el duelo por el orto, solo les importa aferrarse al cargo del que se sirven pero al que ni saben ni quieren servir.
Desde las lágrimas, la indignación y la exigencia de responsabilidades, los héroes anónimos nos redimen en la tragedia y nos señala que hay otro camino.
Carmen Martínez-Fortún es profesora.
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