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Opinión | Con permiso de mi padre

Cáceres

La calma de caer mal

No es que sea menos amable; es que ya no reparte croquetas a desconocidos. Y oye, las que se quedan en la mesa suelen ser las mejores

La calma de caer mal.

La calma de caer mal. / Cedida a El Periódico

Lo ponía en una camiseta o en una taza, no recuerdo. «No tienes que gustarle a todo el mundo, no eres una croqueta». Dejando a un lado que hay croquetas absolutamente incomestibles, es cierto que ese empeño por agradar a todos acaba siendo una carga, tanto para quien lo intenta como para quienes lo sufren. Cada vez me cae mal más gente y cada vez me cae mejor la gente que me cae bien. Será el clima o la edad, pero me he vuelto más selectiva: ya no me interesa quedar bien, sino estar en paz.

Hay una liberación curiosa en eso. En los barrios o en los pueblos -donde todo se comenta desde la barra del bar o el banco de la plaza-, renunciar a gustar tiene mérito. Siempre hay quien opina de lo que ve y, si no, se lo inventa. Con el tiempo una aprende a dejar de pelear gratuitamente por la buena fama que otorgan otros caprichosamente. Al final, cada cual barre su puerta como puede, y la vida es demasiado corta para pasarla pendiente de lo que murmuran los vecinos. Lo llaman madurez, que en el idioma adulto se compone tanto de calma como de resignación.

Las redes sociales han deformado todo un poco. Son el nuevo bar del pueblo, pero sin cañas y con filtros. ‘Sé tú mismo’, repiten, mientras colocan delante un escaparate en el que todos sonríen igual, posan igual, opinan igual. Cada ‘me gusta’ actúa como una croqueta recién hecha: crujiente, tentadora, pero con el riesgo de acabar empachada. Y claro, a fuerza de intentar gustar, te olvidas de lo esencial: qué te gusta de verdad y con quién.

Yo he empezado a practicar la saludable costumbre de no fingir. No es desdén, es descanso. Ahora saludo sin teatrillos, escucho sin asentir por compromiso y me marcho cuando me aburro. A algunos les incomoda, seguro; otros, en cambio, lo agradecen. Hay incluso quien se relaja y confiesa que también está cansado de tanta impostura: la sinceridad tiene algo contagioso y reconfortante.

La otra tarde, una amiga a la que no veía desde hacía tiempo me dijo que me notaba diferente, ‘más tranquila, hija’. Quizá tenía razón. Cada vez doy más valor a las conversaciones que caben en un banco al sol, al saludo sin prisa, a las sobremesas largas sin el móvil sobre la mesa. Una acaba entendiendo que los afectos buenos no hacen ruido. Que querer menos, pero mejor, también es una forma de querer más. Es algo que estaría bien saber cuando eres mucho más joven, pero claro, si fueras sabio no serias joven.

No gustar a todo el mundo resulta bastante práctico: ahorra explicaciones y una cantidad considerable de energía. Una se queda donde cabe sin encogerse y deja de hacer malabares en el circo de la ‘popularidad’. No es que sea menos amable; es que ya no reparte croquetas a desconocidos. Y oye, las que se quedan en la mesa suelen ser las mejores.

Mercedes Barona es periodista.

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