Opinión | Nueva sociedad, nueva política
España, el país de las emociones
La irracionalidad se impone tras el accidente de Adamuz

Vagos del tren Iryo, uno de los afectados por el accidente en Adamuz / Europa Press
En su aportación al estudio de los Estados de bienestar para la editorial Tecnos (2016), Luis Moreno Fernández y Pau Marí-Klose definieron un modelo que no encajaba en los tres clásicos (continental, liberal y socialdemócrata): el mediterráneo. Los principales ejemplos serían España, Grecia, Italia y Portugal, y algunas de sus diferencias nucleares tienen que ver con emociones: los sistemas de valores, la relevancia de la religión y la función de la familia.
Sería muy interesante analizar hasta qué punto la política española se ve caracterizada, mucho más que otras, por la eventual suspensión de la racionalidad. No parece casual que las últimas guerras civiles en Europa sean también mediterráneas (España, 1936-1939; Grecia, 1946-1949; Chipre, 1963-1974) y que la más cruenta, con diferencia, sea la nuestra. Recordemos la reacción social ante los atentados del 11-M (2004) o ante la crisis financiera (15-M de 2011).
La sociedad internacional vive un momento de retroceso cultural, porque cada vez menos gente confía en la ciencia y se echa en brazos de teorías conspirativas, sectas de nuevo cuño, líderes populistas y demagogos, religiones extremas y todo tipo de creencias que permiten eludir la realidad. Si esto es grave en cualquier lugar y momento, lo es mucho más en España, donde podríamos aspirar a ser campeones mundiales también en colocar la emoción por encima de la razón
Dijo Óscar Puente que en la actitud de los maquinistas, tras el accidente de Adamuz, reportando muchas más incidencias que antes, había un «componente anímico»; y aunque también existen otros factores, está claro que no es racional que las incidencias en los servicios ferroviarios se hayan multiplicado después de lo ocurrido. La actitud del Ministerio se ha dejado arrastrar por esa misma inercia, paralizando o ralentizando varias líneas, especialmente en Cataluña, sin que haya cambiado nada en el estado de la red. Maquinistas y responsables públicos no son ajenos a la pulsión social de miedo, aunque el accidente de Adamuz sea extraordinario y se haya producido en uno de los 3.000 millones de viajes de tren en España durante los últimos cinco años (un accidente grave cada 0,0000000003 viajes, más o menos la misma probabilidad que ser alcanzado por un meteorito).
Como escribió Ignacio Varela en El Confidencial, el pasado día 23, en España somos «campeones mundiales de la discordia»: por eso el PP no esperó a que apareciesen todos los cadáveres ni a que terminara el luto oficial para comenzar los reproches al Gobierno, sin conocer aún la causa del accidente. Por eso Puente prefirió minusvalorar a los maquinistas que comenzaron a oficializar incidencias que quizá antes callaban por prudencia u otras razones.
La sociedad internacional vive un momento de retroceso cultural, porque cada vez menos gente confía en la ciencia y se echa en brazos de teorías conspirativas, sectas de nuevo cuño, líderes populistas y demagogos, religiones extremas y todo tipo de creencias que permiten eludir la realidad. Si esto es grave en cualquier lugar y momento, lo es mucho más en España, donde podríamos aspirar a ser campeones mundiales también en colocar la emoción por encima de la razón.
Me gustaría decir que la Ciencia Política tiene una solución para esto, pero mentiría. Cada uno debe mirarse hacia sí mismo e intente armarse de razones frente al sectarismo, la impulsividad y los sentimientos mal gestionados.
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