Opinión
El espejismo extremeño
Nuestra tierra se juega el derecho a envejecer con dignidad. Y ese derecho no puede seguir dependiendo de que, sin billetera, solo por azar encuentres plaza en una residencia

Detalle de las manos de una persona mayor junto a las de la profesional que la atiende. / JUNTA
Promesas que se evaporan, falsos divorcios para matrimoniar en gananciales y discursos oficiales sustentados en datos irreales abandonando a nuestros mayores. Desde la llegada de la unión de las derechas a las instituciones extremeñas, el Gobierno autonómico ha construido relatos basados en expectativas que, una y otra vez, se revelan como espejismos políticos. Algunos, realmente preocupantes, como es el que atañe a nuestros mayores.
Recientemente, se ha publicado el Informe sobre Atención Residencial en Extremadura donde se indica que la ocupación de las residencias de mayores en Extremadura es del 100%. Esto supondría, si fuera real, que nuestra comunidad autónoma sufriría la mayor presión asistencial de España. Digo si fuera real porque en el propio documento se califican estos datos como «poco creíbles» por lo exagerados y extremos que resultan.
Este pleno ocupacional, lejos de ser un éxito del sistema y algo por lo que Guardiolear, si se me permite la expresión, lo que debe es encender todas las alarmas ya que evidencia que no estamos ante un modelo perfecto, sino ante un sistema al límite de su capacidad.
La saturación de los centros extremeños refleja una realidad demográfica difícil de contestar. El envejecimiento avanza a un ritmo mucho mayor que la creación de recursos y, aunque nuestra región no figura entre las de mayor déficit cuantitativo de plazas, la ocupación total demuestra que el indicador oficial de 5 plazas por cada 100 mayores de 65 años, sencillamente, ya no sirve para medir las necesidades reales.
La estrategia de desinstitucionalización, llamada a reforzar la permanencia de las personas en su hogar, apenas ha avanzado. La ausencia de pasos hacia complementar el objetivo de la humanización de los centros con nuevos modelos residenciales sigue siendo un espejismo, lo que conlleva que los servicios de ayuda a domicilio sigan ofreciendo una cobertura principal y las horas son claramente insuficientes
Cuando no queda una plaza libre las consecuencias son claras: aumento de las listas de espera, ingresos que no llegan y familias obligadas a buscar soluciones privadas o fuera de su entorno y si se da esta conjunción la beneficiaría no será la ciudadanía sino las empresas privadas del sector.
Uno de los rasgos históricos positivos del modelo de residencia en Extremadura ha sido el peso de la financiación pública. Extremadura se sitúa entre las comunidades con mayor cobertura de plazas públicas y concertadas y esto revela otro espejismo y paradoja, ya que cuanto mayor es la inversión pública en el sistema, mayores garantías de suficiencia, eficacia y eficiencia para solventar problemas y, sin embargo, hoy esa suficiencia ya no existe. Eso sí, las prestaciones vinculadas, aquellas que van dirigidas a ocupar plazas en centros residenciales privados van aumentando significativamente.
El problema no es únicamente residencial. La estrategia de desinstitucionalización, llamada a reforzar la permanencia de las personas en su hogar, apenas ha avanzado. La ausencia de pasos hacia complementar el objetivo de la humanización de los centros con nuevos modelos residenciales sigue siendo un espejismo, lo que conlleva que los servicios de ayuda a domicilio sigan ofreciendo una cobertura principal y las horas son claramente insuficientes. Con todo, las residencias continúan siendo la única respuesta real para miles de personas con dependencia severa. Por lo tanto, sin alternativas comunitarias sólidas, cualquier retraso en la creación de plazas se traduce directamente en desprotección para mayores y familias y oportunidades muy lucrativas para empresas del sector.
La situación extremeña exige, por tanto, un debate público honesto. No basta con exhibir el 100% de ocupación como si fuera una medalla. Ese dato, en realidad, es el síntoma de un sistema tensionado que sobrevive gracias al esfuerzo de las familias. La región necesita más plazas, mejor distribuidas, un refuerzo decidido de los ciudadanos domiciliarios y una planificación basada en la proximidad, porque las residencias deben estar donde viven las personas y sus afectos.
El reto es enorme, pero inaplazable. Extremadura se juega algo más que cifras. Nuestra tierra se juega el derecho a envejecer con dignidad. Y ese derecho no puede seguir dependiendo de que, sin billetera, solo por azar, encuentres una cama libre. Y, mientras, se escenifican divorcios para firmar gananciales, este tipo de acuerdos siguen firmándose entre bambalinas.
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