Opinión | El Trasluz
Tocarse sin destruirse

Trenes AVE de Renfe. / EP
A veces, viajando en el AVE, siento debajo de mi cuerpo la vibración producida por el roce entre la rueda y el carril. Dos aceros distintos, dos durezas que ni se confunden ni se funden. Dos geometrías diferentes condenadas a negociar a trescientos kilómetros por hora sin más objeto que el de llevarme a mi destino. La rueda presiona, el carril responde a la presión cediendo lo justo. Si alguno se impusiera al otro, el sistema fallaría. No ruedo sobre una vía, sino sobre un pacto que se basa en la compresión. Significa que el peso del tren no se dispersa: se concentra en una huella mínima, una elipse microscópica donde todo el viaje se decide. La compresión no como una forma de sojuzgamiento, sino de disciplina. Las fuerzas no se anulan: se encauzan. El acero trabaja comprimido, aceptando una carga que no busca destruirlo, sino obligarlo a comportarse. La estabilidad nace de esa aceptación mutua.
Y entonces me vienen a la memoria las catedrales góticas cuyas bóvedas empujan hacia abajo y hacia fuera. Sus pilares y arbotantes reciben ese empuje y lo transforman en pura verticalidad. Allí también todo es compresión: la piedra no flota, soporta. Pero al soportar, libera espacio. Cuanta más carga asume el pilar, más alto puede abrirse el vacío de la nave. No es magia, o sí, no sé: es una gestión alucinante de fuerzas opuestas.
El AVE es un gótico horizontal. Comparte con la catedral la fe en que la materia, si se la somete a la compresión adecuada, no se rompe, sino que obedece. En ambos casos, la belleza no procede del exceso, sino del límite. Todo está calculado para no desplazarse ni un milímetro.
Mientras el paisaje se aplana a los lados de la ventanilla, se me ocurre que el tren no avanza venciendo la tierra, sino negociando con ella. Cada metro es una conversación entre dos piezas de metal, como cada catedral es una conversación entre la gravedad y la piedra. El gótico en altura pretendía acercarse al cielo. Este gótico terrestre quiere acortar la distancia entre dos puntos. Y en ambos casos, lo esencial no es el movimiento ni la inmovilidad, sino esa transacción silenciosa que permite que algo -una nave, un tren, un pensamiento- se sostenga sin caer. Excepto cuando cae.
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