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Opinión | Café Filosófico

La ‘vox’ de su amo

¿Qué hará Abascal si Trump quiere Ceuta o las Canarias?

Abascal y Trump

Abascal y Trump

No dejo de darle vueltas: ¿Es Donald Trump un genio de la estrategia que se hace el loco, o un loco aupado a estratega por una rara «genialidad» de la historia? Últimamente tiendo a pensar lo segundo; no ya por el desvarío mental que exhibe en sus descacharrantes monólogos (difícilmente se puede simular algo así), sino por el carácter errático y contraproducente de muchas de sus decisiones.

Tomemos el ejemplo de su apoyo explícito a las «fueras patrióticas europeas», Vox entre ellas. Lo mismo las festeja, considerándolas como compinches en el viejo continente (suponemos que esperanzado en debilitar así a la Unión Europea, un referente moralmente incómodo por sus políticas regulatorias y sociales), que actúa sin tenerlas en cuenta y poniendo en un brete a sus líderes y partidarios.

Espero que Trump, y todos los que aquí incitan irracionalmente al odio y la violencia acaben en el manicomio o la cárcel. Pero deseo, sobre todo, que las incongruencias de la ultraderecha europea, despreocupadamente desveladas por el propio Trump, provoquen una mínima reflexión en aquellos que son presos de su retórica fascista e incendiaria. No sé si es mucho desear, pero no es hora de pararse en barras (ni estrellas)

Porque vale que el objetivo expreso de la estrategia trumpista sea subordinar completamente a Europa (y a todos los que se dejen) a los intereses de la élite neocón norteamericana, pero ¿no deberían avisar a sus lacayos políticos europeos antes de subir aranceles o amenazar con invadir Groenlandia? Así Abascal, Salvini, Orbán o Farage tendría tiempo para difundir algún bulo sobre inmigrantes okupas para distraer al personal, en lugar de estar ridículamente proclamando aquello del «MEGA» («Make Europe Great Again») mientras Trump se burla del valor de los soldados británicos en Afganistán o ningunea las instituciones europeas...

Lo de Vox es un caso paradigmático. ¿Qué dirían Abascal y los estrategas de Vox – hartos de ir a Washington a lamerle las botas a Trump y a recibir instrucciones de la fundación Heritage – si al presidente USA (del que su propia jefa de gabinete afirma que tiene personalidad de alcohólico) le da mañana por tomar Ceuta o las Islas Canarias (territorios autónomos del Reino de España por los mismos motivos que Groenlandia lo es de Dinamarca)? ¿A que patriotismo español invocarían entonces? ¿Aprovecharían para proponer la ampliación de la base de Rota y llamar «Golfo de Trump» (nombre muy apropiado) al Golfo de Cádiz, para asegurar así la protección americana frente a una invasión islámica?

No lo sabemos. Como tampoco la forma en que Vox piensa realizar las deportaciones masivas que promete para salvarnos del «gran reemplazo». ¿Creará una policía migratoria como el ICE trumpista para sacar a los inmigrantes a rastras de los invernaderos, de los asilos en que cuidan a los ancianos o de los edificios en construcción? ¿Disparará también a bocajarro a los ciudadanos que se interpongan en su camino, como en Minneapolis? ¿Saldrán Buxadé o Figaredo ante la prensa, con uniforme y rodeados de banderas, para defender la caza al inmigrante y a los «peligrosos terroristas» que los defienden con un móvil en la mano?

Espero que Trump, y todos los que aquí incitan irracionalmente al odio y la violencia acaben en el manicomio o la cárcel. Pero deseo, sobre todo, que las incongruencias de la ultraderecha europea, despreocupadamente desveladas por el propio Trump, provoquen una mínima reflexión en aquellos que son presos de su retórica fascista e incendiaria. No sé si es mucho desear, pero no es hora de pararse en barras (ni estrellas).

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