Opinión | encerado y clarión
La mirada que no se programa
Hace días asistí a un curso de inteligencia artificial, donde la primera advertencia fue que la IA acabaría desplazando a los docentes en un futuro. Pues usted disculpe mi ignorancia natural, pero lo dudo, podrá ser herramienta, pero nunca dueña.
Ya nos pueden prometer que el futuro de la educación será inteligente, automático, eficiente y personalizado, con un avatar amable y sonrisa calibrada, que nunca podrá sustituir al docente de carne y hueso. Dudo que una inteligencia artificial, alimentada de datos, sepa enseñar mejor que quien lleva años leyendo miradas cansadas a las ocho y media de la mañana.
Quizás dude porque un algoritmo podrá procesar millones de respuestas, pero no sabe interpretar un silencio. Podrá detectar patrones, pero no intuir un deseo, un desasosiego o una tristeza en la mirada, menos aún acompañarla, corregirla o protegerla. Podrá aconsejar preestablecidamente, pero nunca mirar con el corazón, solo con una mirada programada y sin latido
El docente entra en el aula con algo que no figura en ningún manual tecnológico, su presencia, no solo física, sino humana, no la que se puede ver o tocar, la que se puede sentir. Sabe cuándo una pregunta no es académica, sino vital. Sabe cuándo conviene seguir con la explicación y cuándo hay que detener la clase porque alguien, en la última fila, se está rompiendo por dentro.
La inteligencia artificial puede ofrecer respuestas perfectas, pero no preguntas incómodas, porque no importa tanto la pregunta como a quién se le confía. El docente ofrece compañía en la duda, reflexión en la respuesta, curiosidad en la pregunta. Y ahí está la diferencia esencial. Educar no es llenar cabezas, sino acompañar procesos, no es sólo resultados, es tiempo para crecer juntos, son espacios que compartir con sonrisas, alegrías y tristezas, es simplemente, vivir, y para eso, que no se automatiza, es imprescindible estar vivo.
Un avatar no se agacha para ponerse a la altura de un niño que llora. No baja la voz para no herir. No alarga una explicación porque ha visto ojos perdidos. No abraza. Y sin abrazo, aunque sea simbólico, no hay educación, solo instrucción.
Nos dirán que la inteligencia artificial aprende, mejora, se perfecciona. Y es cierto. Pero no se cansa, no se equivoca por humanidad, no duda, no teme hacer daño, no carga con la responsabilidad de saber que una palabra mal dicha puede marcar para siempre. El docente sí. Y esa fragilidad es, precisamente, su mayor valor.
Porque ningún sistema, por muy avanzado que sea, sabrá detectar ese momento exacto en el que un alumno no necesita una explicación mejor, sino alguien que permanezca, que eduque en la paciencia, en la frustración o en la esperanza, que sepa estimular, pero también corregir, no un ejercicio, quizás una conducta.
Porque el espíritu crítico no se descarga, se contagia. Porque la educación no es el resultado final, sino el proceso compartido. Porque el “yo digital” puede gritar mucho, pero el “yo real” necesita ser sostenido.
Porque cuando Martín llegue a Infantil no necesitará pantallas, ni algoritmos, ni asistentes virtuales, sino el calor de una mirada que lo reconozca, lo nombre y lo sostenga; y eso, tan simple, tan desapercibido y tan poco valorado, seguirá siendo la primera enseñanza de todas y la única que, por mucho que avance la tecnología, jamás podrá ser sustituida.n
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