Opinión | Amalgama
Juan Ezequiel Morales
‘El capital’

La cabeza de Marx / / Gemma Casadevall
Karl Marx hizo algo que la derecha casi nunca ha logrado, construyó un sistema cerrado que explica economía, historia, política, moral y destino humano desde una sola lógica. Clase determina estructura económica, plusvalía genera explotación, el Estado es superestructura, la historia es lucha de clases y el futuro es resolución necesaria, teleológica. Esto convierte Das Kapital. Kritik der politischen Ökonomie, de 1867, en un manual explicativo del mundo, y por eso sirve igual para democracias, autocracias, revoluciones, partidos, sindicatos o Estados totalitarios. El contexto de Das Kapital fue la revolución Industrial avanzada, la consolidación del capitalismo fabril, la miseria obrera urbana, el fracaso de las revoluciones de 1848, y su pretendida función fue la de construir una ontología económica total y convertir la economía en motor de la historia, fundando una teleología política secular.
Sin embargo, no existe Das Kapital de derechas, y tenemos que Friedrich Hayek, con su The Road to Serfdom, de 1944, no promete el paraíso, sino que advierte del infierno, y su libro es un libro negativo en el sentido filosófico, pues está continuamente avisando de que si haces esto, terminarás mal. Hayek funciona bien en democracias liberales pero es inútil como mito movilizador de masas. Su contexto fue la Segunda Guerra Mundial, el auge del keynesianismo, y la existente simpatía intelectual hacia la planificación estatal, con un temor a que el socialismo «bienintencionado» derivara en totalitarismo, y por eso Hayek criticó frontalmente al Estado planificador.
Christopher Lasch, en The Revolt of the Elites and the Betrayal of Democracy, de 1994, escribió en EEUU, en medio de la explosión exitosa de la globalización neoliberal, la deslocalización industrial, la ruptura entre élites cosmopolitas y clases medias nacionales, y pretendió redefinir el conflicto político, y pasar de un esquema «clase vs capital» a otro esquema «élites vs pueblo», pero no ofertó un sistema, sino solo se atrevió a diagnosticar.
Alain de Benoist publicó Vu de droite, en 1977, Critique de l’idéologie libérale, en 1986, y Au-delà des droits de l’homme, en 2004, en el contexto de la Guerra Fría tardía, de la crisis de la identidad europea, y de una reacción generalizada frente al liberalismo universalista. Su intención fue la de fundar una Nouvelle Droite, desplazar el eje economía hacia la cultura, e introducir el concepto de diferencialismo identitario. Guillaume Faye, autor de L’Archéofuturisme, de 1998, Pourquoi nous combattons, de 2001, o La colonisation de l’Europe, de 2000, escribe, también, en el contexto de la Posguerra fría, la inmigración masiva en Europa, la crisis demográfica y civilizatoria, y pretende fusionar alta tecnología y tradición, pensar el colapso y dar narrativa a un choque civilizatorio.
Los autores latinoamericanos como Agustín Laje o Álvaro Zicarelli cumplen una función reactiva, no fundacional, y son hábiles desmontando narrativas, movilizando emocionalmente. En Norteamérica, entretanto, surgen Parag Khanna (Technocracy in America, 2017) que dice que las democracias liberales ya no pueden gobernar sistemas complejos. Benjamin Bratton (The Stack, 2015), quien señala que el poder ya no reside en Estados ni ideologías, sino en arquitecturas técnicas multinivel. Alex Karp (The Technological Republic, 2023) que profundiza y gestiona la IA militar, el colapso del liderazgo político, y propone que la democracia solo sobrevive si cede poder operativo a sistemas técnicos. También Palantir como estado cognitivo, y su accionista Peter Thiel (con Zero to One, 2014) dice que la innovación real no puede ser democrática. Y no podemos olvidar a Curtis Yarvin (Unqualified Reservations, blog, 2007-2014), y cuya tesis es que el Estado debería funcionar como una empresa técnicamente optimizada.
Cuatro mil millones de personas viven en democracias liberales, cuatro mil millones en autocracias funcionales, por decirlo con prontitud, de forma que nos encontramos con que la izquierda marxiana o postmarxiana ofrece relato total, un culpable claro, un futuro prometido, y un sentido de pertenencia. La derecha, sin embargo, se para en ofrecer advertencias, pero cero escatología. De esta forma estamos ante una izquierda que explica el mundo y una derecha que lo gestiona, y las masas no siguen a quien gestiona, sino a quien narra. La derecha gana cuando hay orden, y la izquierda gana cuando hay crisis.
Pero el eje izquierda/derecha solo funciona bajo tres supuestos implícitos del siglo XIX, cuales son que la economía es el motor central de la historia, que la sociedad se organiza en clases relativamente homogéneas, y que el Estado-nación es la unidad política dominante. Ese mundo es el de Karl Marx, pero ese mundo ya no existe, la variable económica ya no explica el resentimiento, y como resultado el eje clase económica colapsa.
En resumen, El capital solo funciona en un mundo industrial, nacional y económicamente centralizado, y ese mundo ha desaparecido con la globalización, la digitalización, la financiarización y las redes, de forma que izquierda/derecha ya no describe fuerzas reales, sino solo posiciones simbólicas residuales. El vacío que deja el eje izquierda/derecha lo ocupan sistemas técnicos, inteligencias no humanas y agregados cognitivos, y nos pone en un marco post-clase, post-nación, post-moral y post-izquierda/derecha, siendo, además, que la IA acelera definitivamente la obsolescencia izquierda/derecha.
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