Opinión | A la intemperie
La lección de los muertos
Donde se habla de David Uclés y de Arturo Pérez Reverte

La icónica fotografía de Schommer de 1987 con vencedores y vencidos / Schommer
Yo vengo de otra época. Una época en que, siendo el tablero de juego el mismo, las reglas eran otras. O, al menos, no exactamente las mismas. La guerra, por ejemplo. Todos sabemos a cuál nos referimos. A la última de muchas. A día de hoy, por supuesto, que las guerras también se siembran. Cuando yo era joven aquella guerra había terminado. O eso pensaba yo. Aficionado a la Historia veía con fruición los debates de La Clave. Allí vi que señores (y señoras) que habían hecho la guerra en trincheras enfrentadas se sentaban en paz a fumar y a charlar sobre lo ocurrido. Lo mismo sobre la muerte de Lorca que sobre la de José Antonio. En paz. La guerra civil, para los que no la hicimos, empezaba a ser, ante todo, una página en la Historia. Y nos reconciliamos un poco más cuando en 1987 el gran fotógrafo vitoriano Alberto Schommer fotografió a Ramón Serrano Súñer, Raimundo Fernández Cuesta, Pilar Primo de Rivera junto a Enrique Líster, Jesús María de Leizaola y Ramón Rubial. Una foto que debería presidir toda reflexión sobre aquella inmensa tragedia. Entonces y ahora. Entonces, cuando la inmensa mayoría de los españoles decidió enterrar la guerra, y ahora, cuando algunos se empeñan en desenterrarla.
Según aserto atribuido a Marañón, una guerra civil dura 100 años. Y, visto lo visto, va a ser cierto. El hecho de que en 2026 no se pueda opinar y debatir libremente sobre lo ocurrido hace noventa años resulta descorazonador
Bajo el patrocinio de Cajasol propone Arturo Pérez Reverte una serie de debates sobre la guerra civil y la cabra tira al monte (y no precisamente la de la Legión). Un magnífico cartel de historiadores, escritores y políticos con distintos sesgos (en el que no faltaban zurdos manifiestos como Carmen Calvo, Félix Bolaños, Alejandro Amenábar, Julián Casanova, Antonio Maíllo o Zira Box) desbaratado por un descerebrado que parece desconocer que la guerra terminó. Uno que de tanto leer el mismo libro, como el Quijote, ha perdido el seso. Un descerebrado y empujándole una granizada de malintencionados que aspira al guerracivilismo permanente, a prohibir cualquier opinión que no sea la suya y a dividirnos, otra vez, en buenos y malos. Una banda cochina que ha llegado incluso a convocar protestas si las jornadas llegaran a celebrarse. Matonismo que, ciertamente, recuerda lo acaecido en los días previos a la guerra civil.
Según aserto atribuido a Marañón, una guerra civil dura 100 años. Y, visto lo visto, va a ser cierto. El hecho de que en 2026 no se pueda opinar y debatir libremente sobre lo ocurrido hace noventa años resulta descorazonador. No hay acuerdo ni siquiera en cuál debería ser el título de las jornadas. Se salva la fecha, 1936, y nada más. David Uclés, que había confirmado su presencia, que conocía quiénes iban a ser los intervinientes y cuáles los temas a tratar, de forma marrullera ha decidido que no, que los que no piensan como él no tienen derecho a la palabra. Es curioso, quien vive de la palabra se ha endiosado tanto que ya solo oye la propia. Su decisión es un acto, además de inmoral, patético. Una falta de luces que solo puede explicarse por el más extremo servilismo político. Quienes así obran desprecian la lección de nuestros muertos, de todos nuestros muertos, que, ya bajo tierra, no odian. Manuel Azaña, a la sazón presidente de la II República, el 18 de julio de 1938, en su célebre discurso «Paz, piedad y perdón» afirmó: «cuando la antorcha pase a otras manos, a otros hombres, a otras generaciones a las que les hierva la sangre iracunda y otra vez el genio español vuelva a enfurecerse con la intolerancia, con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección» Todos. Sin olvidar. Sin odiar.
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