Opinión | Editorial
Kristin: el difícil equilibrio entre la prevención y la alarma
La suspensión de clases y el ES-Alert en Extremadura han mostrado que decidir con meteorología adversa es decidir con información cambiante, no con el diario del día siguiente

Un árbol caído por el temporal en un barrio de Cáceres. / EL PERIÓDICO
Este invierno en Extremadura puede batir récords en cuanto a precipitaciones. Campos anegados, ríos que se desbordan ante la sucesión de borrascas de alto impacto... Frente a las bondades que representa para el campo y para las reservas de agua, un billón de litros en los últimos cuatro días, los temporales suponen una amenaza para bienes materiales y las personas. Los instrumentos de predicción se afinan, pero sigue existiendo un margen de incertidumbre, ligado a los fenómenos cada vez más extremos que provoca el cambio climático. Y eso coloca a las autoridades en una situación difícil a la hora de tomar decisiones y hacerlas con celeridad. Con la borrasca Kristin se ha repetido un patrón ya conocido: se exige a la administración una precisión imposible antes del golpe, y se le pasa factura con una seguridad total después. En esa trampa, la prevención pierde siempre. Si se actúa y el desenlace no es catastrófico, se sentencia que «se ha exagerado». Si no se actúa y el desenlace empeora, se acusa de «no haber hecho nada». Y, sin embargo, la esencia de la gestión del riesgo es justo esa: tomar decisiones incómodas con información que cambia, y a veces se recrudece, en cortos espacios de tiempo, apenas unas horas, con suerte. Nadie preveía la formación de un tornado que afectó a instalaciones esenciales en Plasencia este viernes. La alerta, amarilla, era solo para parte de la provincia por viento y la borrasca, esta vez, se preveía de menor intensidad. No llevaba nombre propio.
Aviso especial
En el caso de Kristin, la Agencia Estatal de Meteorología (Aemet), en su aviso especial, emitido el martes 27 de enero sobre las tres de la tarde, anticipaba un escenario de alta probabilidad de precipitación (más del 70%) ya advirtió de que el miércoles 28 se esperaba «el día de mayor adversidad», con «una significativa intensificación del viento» y rachas «muy fuertes, superiores a 90 kilómetros por hora», sin descartar que se superaran localmente los 120 kilómetros por hora. La advertencia no era un titular alarmista, sino una fotografía del tipo de episodio para el que se diseñan los planes y las alertas.
La Junta canceló las clases del miércoles 28 por la mañana en todos los centros de Extremadura la noche anterior, poco antes de las diez de la noche, y lo ha hecho con un argumento que suele ignorarse en la crítica fácil: «la evolución del fenómeno meteorológico hace imposible delimitar con precisión las zonas más afectadas» y no se podía «garantizar la seguridad en los desplazamientos». La decisión, para algunos tardía, para otros exagerada, fue acertada. La falta de acierto habría sido lo contrario y limitarse al cierre de parques y jardines como ya ocurrió en episodios anteriores. El muro caído en el instituto El Brocense demuestra que se llegó a tiempo de evitar desgracias personales.
No era un día normal con «cuatro rachas», era un episodio con capacidad real de generar incidencias.
Críticas recurrentes
Otra de las críticas recurrentes a la prevención es exigir coherencia como si la atmósfera fuese coherente. Pero la coherencia razonable en emergencias no es mantener siempre la misma decisión: es adaptarla conforme se confirma (o se agrava) el escenario.
La secuencia de Kristin lo ilustra con claridad. La Junta activó la fase de emergencia del INUNCAEX «ante los riesgos hidrológicos y meteorológicos» y la posibilidad de inundaciones con peligro para personas y bienes. Al día siguiente, ya con el episodio encima, el 112 elevó a rojo el nivel de alerta por vientos en la Meseta Cacereña, Villuercas y Montánchez «ya que podrían alcanzar los 130 km/h». La realidad es que las rachas fueron huracanadas, de hasta 150 kilómetros por hora, como en Brozas.
La evolución en la toma de decisiones preventivas no ha sido caprichosa, sino proporcional al escalado. Primero, se reduce movilidad escolar cuando no se puede acotar el riesgo con precisión. Después, cuando el riesgo se focaliza y se intensifica, se endurece la respuesta.
En ese contexto, cuando los daños del temporal son evidentes y se constata el peligro generalizado, se procede al envío ES-Alert masivo a la población de las zonas en rojo. Hay quien confunde molestia con exceso. El ES-Alert interrumpe, asusta, incomoda. Debe hacerlo. Su función no es ser elegante, sino llegar incluso a quien no está mirando predicciones, ni redes, ni radio, ni mensajes institucionales. Y, cuando el riesgo es viento extremo, el tiempo importa: caen ramas, se desplazan objetos, se comprometen tejados y elementos inestables.
En emergencias, el éxito se parece mucho a la normalidad. Si se ha tomado una decisión preventiva y la ciudadanía percibe que «no ha pasado nada», puede significar dos cosas: que no había riesgo o que el riesgo se ha mitigado. Kristin aporta datos para sostener la segunda lectura.
En la mañana del 28, el 112 ha gestionado 3.265 llamadas y 829 incidentes, de los cuales 117 estaban «directamente relacionados con la borrasca». Se han registrado cierres de carreteras. La prevención tiene costes (conciliación, organización, molestias). El desastre tiene otros, incomparables.
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