Opinión | Con permiso de mi padre
El dinero, para ruedas
Si en Moncloa se presume de récord de financiación mientras las autonomías tienen que hacer encaje de bolillos para pagar médicos, profesores y mantenimiento de infraestructuras, algo no cuadra

Pedro Sánchez. / EL PERIÓDICO
Cada uno tiene más o menos claro qué haría si le toca una buena lotería. Hay quien piensa en tapar agujeros, quien se ve comprando casa nueva, y quien ya se imagina despidiéndose del jefe para recorrer el mundo. Luego está el discreto, ése que jura que nadie lo notaría, que seguiría igual, peo con la cuenta saneada y un capricho de vez en cuando.
Y, claro, siempre aparece en la fantasía el coche de lujo que brille, imponga y llame la atención del vecindario. Es la prueba de que la suerte te ha sonreído. Pero luego llega la letra pequeña: el seguro, la gasolina, los impuestos, las revisiones, las ruedas que cuestan como medio sueldo. Es maravilloso comprarse un cochazo, lo malo es mantenerlo.
El Gobierno central
Exactamente así se comporta el Gobierno central con sus grandes anuncios de inversión. Presenta macro cifras millonarias, fondos europeos, planes estratégicos, promesas de financiación autonómica más justa. Todo reluce en la rueda de prensa, en la tribuna del Congreso, en el telediario de la noche. Pero cuando hay que hacer frente a la “revisión anual”, es decir, a la financiación estable de los servicios que gestionan las comunidades —sanidad, educación, transporte interior—, entonces empiezan los peros, las condiciones, los retrasos.
Porque, como bien saben los independentistas, el grifo principal del dinero sigue en manos del Estado. Si en Moncloa se presume de récord de financiación mientras las autonomías tienen que hacer encaje de bolillos para pagar médicos, profesores y mantenimiento de infraestructuras, algo no cuadra. Es como regalarte un Rolls Royce y luego enviarte, cada mes, la factura de todo lo que cuesta tenerlo en marcha.
Con las infraestructuras
Y con las infraestructuras pasa otro tanto. El Estado construye autovías, grandes nudos, líneas de alta velocidad, obras de “interés general” que lucen en los mapas y las campañas. Se inauguran a bombo y platillo, se corta la cinta, se hace la foto. Pero mantener en condiciones lo que ya existe, garantizar que la red funcione de manera equilibrada y que las comunidades no tengan que cargar solas con los costes cotidianos, eso ya suena menos en los micrófonos.
De nada sirve anunciar inversiones históricas si el dinero llega tarde, mal o condicionado a una carrera de obstáculos burocráticos. Tampoco vale presumir de modelos de financiación autonómica “más generosos” si, al final, las regiones siguen asumiendo los gastos de ese coche de lujo con un presupuesto que apenas da para un utilitario.
El problema no es que se invierta, sino cómo y para quién. El Gobierno no puede limitarse a exhibir cifras y grandes obras mientras delega el desgaste político y financiero en las (algunas) comunidades. Si de verdad quiere cohesión territorial, tiene que asumir que la responsabilidad no termina el día de la inauguración, igual que la del dueño del coche no termina cuando sale del concesionario.
Porque todos tenemos derecho a que cada euro que se anuncia no se quede en brillo de escaparate, sino que se traduzca en servicios dignos, sostenibles y bien financiados. Un Rolls Royce sin mantenimiento es un monumento al despilfarro. Y un Estado que presume de inversiones sin garantizar su sostenimiento sólo está vendiendo humo con tapicería de cuero.
Mercedes Barona es periodista
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