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Opinión

Los enemigos de las energías renovables

De la electricidad depende el correcto funcionamiento de casi todos los sectores económicos e industriales

Planta fotovoltaica.

Planta fotovoltaica. / ACCIONA

De la electricidad depende el correcto funcionamiento de casi todos los sectores económicos e industriales (telecomunicaciones, banca, seguridad, fabricación de alimentos, restauración, …), tal y como súbitamente constatamos los españoles y los portugueses el lunes 28 de abril de 2025, cuando a las 12:33 del mediodía la Península Ibérica quedó sin suministro eléctrico durante varias horas.

Es, por lo tanto, irrefutable que economía, política y energía van de la mano. La energía es un sector estratégico y esencial para la vida social, tremendamente regulado, que mueve miles de millones de euros a nivel planetario y que se ha convertido en una pieza clave de la geopolítica global (tal y como demostró nuestra peligrosa sumisión al gas ruso, y, actualmente, al petróleo árabe y al gas licuado natural estadounidense).

La entrada de las energías renovables, ya con disponibilidad de almacenamiento eléctrico gracias a las baterías, en un tablero de juego aún dominado por los combustibles fósiles, afronta numerosas resistencias, tanto políticas como económicas (por motivos más que evidentes).

No es extraño, por lo tanto, que existan plataformas que usan todo tipo de ‘desinformación’ para justificar el rechazo a proyectos renovables en España y en Europa. Se trata grupos organizados que rechazan los parques solares y eólicos por razones ajenas a la lucha contra el cambio climático, al abaratamiento de precios de la electricidad y a la obtención de soberanía energética.

Así, proliferan bulos como que los paneles solares fotovoltaicos son muy contaminantes (algo totalmente falso, ya que están hechos de silicio, vidrio, cobre, aluminio, plástico y un pequeño porcentaje de plata), que agreden a la biodiversidad (cuando, para su instalación, deben superar severas autorizaciones medioambientales de diferentes administraciones públicas) o que no son reciclables (cuando la construcción de un parque solar conlleva legalmente, precisamente, su reciclaje, al término de su vida útil).

Otro bulo que han puesto en circulación es que la energía solar fotovoltaica «inundará» nuestros campos de «mares de placas». Pues bien, vayamos a los datos científicos: la capacidad solar fotovoltaica instalada en el mundo superó los 1.100 GW en 2022. Pero para 2050, si queremos cumplir con los objetivos de descarbonización, esta capacidad se tendrá que multiplicar, al menos, por diez. Pero, a pesar de esta enorme cantidad de paneles (más de 20.000 millones de paneles) se ocupará una superficie mínima de tierra: menos del 0,3 % de toda la superficie terrestre (sin contar los océanos), compatible, además, con usos agrícolas

Otro bulo que han puesto en circulación es que la energía solar fotovoltaica «inundará» nuestros campos de «mares de placas». Pues bien, vayamos a los datos científicos: la capacidad solar fotovoltaica instalada en el mundo superó los 1.100 GW en 2022. Pero para 2050, si queremos cumplir con los objetivos de descarbonización, esta capacidad se tendrá que multiplicar, al menos, por diez. Pero, a pesar de esta enorme cantidad de paneles (más de 20.000 millones de paneles) se ocupará una superficie mínima de tierra: menos del 0,3 % de toda la superficie terrestre (sin contar los océanos), compatible, además, con usos agrícolas.

Las plantas solares fotovoltaicas necesitan, inevitablemente, suelo. Y aunque son silenciosas y no consumen agua, ni emiten gases de ningún tipo, no son invisibles. Solo por eso, porque “ocupan espacio y se ven”, algunos portavoces quieren trasladar una visión apocalíptica sobre estas infraestructuras, cuando, en realidad, no existe una forma de producir electricidad que sea más inocua y menos lesiva para el medio ambiente, hoy por hoy.

Todas las formas de producir energía tienen costes. Pero los de la energía solar fotovoltaica y eólica son mínimos, en comparación con los beneficios que aportan. Hay que elegir. Sin duda, los costes de oportunidad de los parques de energías renovables son muy pequeños en comparación con los beneficios que traen consigo. Beneficios que se transforman en oportunidades sociales y económicas para aquellas áreas en las que se ubican. La otra opción es continuar comprando los caros, extranjeros y contaminantes gas y petróleo (es decir, seguir dependiendo de ellos).

En cualquier caso, es obvio que los promotores de parques solares fotovoltaicos deben tener en cuenta que solo serán aceptables aquellas plantas determinadas por la sostenibilidad. Ninguna instalación renovable ni puede ni debe construirse en los territorios sin haber superado estrictas y exigentes autorizaciones de carácter medioambiental.

Además, también es necesario establecer un diálogo fluido con las comunidades donde se asientan las plantas solares. Porque existe la obligación de obtener las llamadas “licencias sociales”, es decir, construir legitimidad social en el ámbito de las energías limpias. Por una sencilla razón: porque la generación de beneficios tendrá que ser tanto para la sociedad que las acoge como para las empresas que arriesgan su capital desarrollando energías renovables.

La solar fotovoltaica puede ser un motor de desarrollo rural, ayudando a establecer población en zonas afectadas por el reto demográfico, mediante la creación de empleos locales (directos e indirectos) en las diferentes etapas del ciclo de vida de cada proyecto (desarrollo, construcción, operación y mantenimiento).

A la vez, porque genera riqueza en los municipios cercanos a las plantas (tanto a través del pago de impuestos derivados de su actividad como a través de la reactivación de economías cercanas). Y, finalmente, porque puede proporcionar electricidad muy barata, tanto a las empresas, como a los entornos poblacionales de la zona (través del autoconsumo eléctrico, por ejemplo).

Por otra parte, estas instalaciones son compatibles con otras actividades vinculadas a la economía local preexistente. Es lo que se conoce como «agrovoltaica», que permite integrar los parques solares con el desarrollo de actividades agrícolas paralelas, ya que la superficie vegetal del emplazamiento no solo no se ve alterada, sino que, incluso, queda más protegida de las inclemencias meteorológicas, como están demostrando proyectos desarrollados por el Instituto Fraunhofer en Alemania o la empresa Powerful Tree, una startup española especializada en implantar energía agrovoltaica.

Las ventajas son enormes. Luchemos, por lo tanto, contra los interesados enemigos de las energías renovables si realmente queremos construir una España y una Unión Europea más soberanas y energéticamente más independientes. La energía sigue siendo una de nuestras principales subordinaciones, lo que se traduce en debilidad

Las ventajas son enormes. Luchemos, por lo tanto, contra los interesados enemigos de las energías renovables si realmente queremos construir una España y una Unión Europea más soberanas y energéticamente más independientes. La energía sigue siendo una de nuestras principales subordinaciones, lo que se traduce en debilidad. La Unión Europea debería proponerse una ambiciosa (y para nada imposible) meta: que el 70 % de su mix energético proceda de energías renovables antes de 2035. Ese logro introducirá cambios tectónicos en la geopolítica actual, ya que los «petroestados» (ricos por la venta de combustibles fósiles) serán sustituidos por los «electroestados» (energéticamente autosuficientes, medioambientalmente sostenibles y muy competitivos). En nuestras manos está darle la vuelta al calamitoso escenario energético y geopolítico actual, gracias a las energías renovables.

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