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Opinión | Es decir

No siempre la mala noticia primero

Sobre la regularización de medio millón de inmigrantes

Inmigrantes recogen fruta.

Inmigrantes recogen fruta. / LAURENT DOMINIQUE

Si se comprende la elección de la mala noticia antes que la buena, es decir, conocer primero la mala y después la buena, también se comprenderá lo contrario. La buena noticia es la regularización de los llamados «irregulares», una medida que beneficiará (en el sentido de causar provecho, Vox, no de aprovecharse) a medio millón de personas y que pretende, según la ministra Elma Saiz, «dar derechos a personas que ya están en nuestro país». Solo por esto, solo por no tratarse de medio millón de personas que «aparecen», sino que ya están aquí, su regularización es un acto de justicia.

Es una concesión a Podemos, sí. ¿Y? No es ilícito en tanto permita, si no continuar gobernando, sí siendo Gobierno. Otra cosa es que sea legítimo. En todo caso, no es una medida decidida ahora para contentar. Entre 2000 y 2001, José María Aznar regularizó también a medio millón. Lo cual, por cierto, obligó a los académicos a adaptarse a la creatividad léxica de los legisladores, creando una acepción nueva de «regularizar». Así, en la edición de 2001 del entonces DRAE, hoy DLE, se incluye por primera vez esta definición de «regularizar»: «Legalizar, adecuar a derecho una situación de hecho o irregular». Aún son «irregulares», pero ya no se habla de «legalizarlos», uf.

La noticia es buena porque la regularización lo es. No solo buena de necesidad, pues la situación de los «irregulares» es casi incompatible con la vida, al menos con una vida digna (si es que la que no lo es puede llamarse vida), sino también por necesidad, pues no cabe objeción ni resistencia alguna

La noticia es buena porque la regularización lo es. No solo buena de necesidad, pues la situación de los «irregulares» es casi incompatible con la vida, al menos con una vida digna (si es que la que no lo es puede llamarse vida), sino también por necesidad, pues no cabe objeción ni resistencia alguna. ¿O le cabe alguna a alguien ante la angustia de quienes sobreviven cada día a la expulsión, sin saber si llegará o no, y, mientras tanto, trabajan clandestinamente y sin tener siquiera asistencia médica? Además, regularizar no es un gesto humanitario, sino una operación de mejora económica: el trabajador «irregular» es parte de la economía, y, al regularizarlo, cotiza y tributa.

Ah, y la mala noticia. Lo es que el Gobierno participe en actos electorales. Un mitin en apoyo de Pilar Alegría ha sido un pretexto para acusar al Partido Popular de la derogación del «decreto ómnibus», al que se sabía de antemano que iba a votar que no, como se sabía también por qué. Unos gobernantes sensatos habrían tramitado las cosas por separado, como harán ahora. Ah, la mala noticia. Del presidente abajo, todos: «El PP está en contra de revalorizar las pensiones de 10 millones de españoles». Como se ve, la mala noticia no debe ser siempre la primera. Ni ser noticia.

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